Mostrando las entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de octubre de 2014

Los ojos de medusa

"El Toto sabía por experiencia, que en el sueño suelen abrirse canales por los que pueden filtrarse las visualizaciones.
Por eso su dormir era siempre cauteloso, siempre en espera de algún descubrimiento, de alguna puerta-trampa que le posibilitara el ingreso a otras dimensiones.
En la duermevela de la madrugada -la hora más propicia para las revelaciones- amortiguaba la espera dedicándose a recomponer el tejido de su alma –desgarros, agujeros como de polilla, deshilachamiento con peligro de desintegración– de trama cada vez más abierta por las devastaciones interiores; una arpillera casi; un mosquitero raído.
El zurcido no era fácil, más bien abrumador, sobre todo por ese olor que despedía el entramado de la tela: olor salvaje, como de estancamiento, como de cueva, o de pantano, resabios, quizás, de viejas costras, los saldos de ocultos dolores, desdenes, cortaduras. Porque el alma es un callejón sin salida, un pozo ciego –un excusado, bah– donde todo queda y fermenta y se pudre. Y los detritus son peores.
No era un olor que afectara su nariz, no, porque impactaba más allá, mucho más atrás, en una suerte de pituitaria metafísica, una excrecencia atávica del olfato.
Por otra parte, ¿Cómo manejar esa tela raída, interminable, que desbordaba su cuerpo enjuto y una voluntad apocada? ¡Ah! Ese era el problema. Su alma a punto de desintegrarse, y él, que debía reparar el estropicio, procurando que las puntadas fueran invisibles; o bordar algo encima del remiendo, tal vez un dibujo luminoso, proveniente del pasado, del real o del que soñó; o del futuro, más factible pero más desgastado por el uso. Y a ese parche ponerle un olor limpio, fresco y persistente, que anulara los rastros de anímicas infecciones, de pavores presentes y pasados".

Fragmento de "La saga del Toto". Extraído del libro Los ojos de Medusa, de Alba Omil. Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, 2014.


domingo, 17 de febrero de 2013

Pantalones largos

En esta vida de hoy, tan llena de trajines, agresiones, malas noticias, mal humor, desencanto, televisión basura, comida chatarra, contaminación ambiental, y vaya a saberse cuántas cosas más, cuán necesario se hace un relax. Un relax para el cuerpo y para el alma ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Qué? Un libro. Un buen libro [...]
Se lee con deleite y con facilidad: escrito en un estilo cargado de oralidad, con fuertes reminiscencias de José Saramago y también de Alessandro Baricco que, en este caso, no es citar vanos nombres, y en los que JCM ha abrevado golosamente. Estas lecturas, más bien frecuentaciones o amistades literarias, ponen de manifiesto la preparación del autor en la materia, con estilemas, a la vanguardia de los tiempos que corren, y que, intentando reflejar la oralidad, meten al lector dentro de ese mundo, inocente y casi mágico, creado por el relato.
Este libro atrapa al lector –al adolescente y al maduro–. ¿Por qué? Quizás, y fundamentalmente, por su verosimilitud. ¿Cómo lo logra? Veamos: Quien relata la historia (sujeto de la enunciación) es a la vez su protagonista (sujeto poético) y debe, por ello, sumergirse en esa historia. Vivirla. Asumir su circunstancia. Vivirla y expresarla. Y asumir, también, su habla, la de sus personajes que, así, hablando, muestran una concepción del mundo y de la vida en un momento en que están dejando de ser niños: cuando "alargan" [...]

Alba Omil

Extraído del prólogo del libro Pantalones largos, de Juan Carlos Molina. Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, Argentina, 2012.

lunes, 12 de octubre de 2009

Espejos del tiempo, espejos del alma


Hemos intentado aquí presentar un panorama de la creación literaria tucumana actual. Este tipo de intento siempre será precario: imposible abarcar todos los autores, pero otros investigadores, otros críticos pueden presentar otro panorama y así se irá enriqueciendo la muestra.
Aquí hay poemas, hay cuentos, hay microrrelatos. Todos los trabajos han sido rigurosamente seleccionados. Lo prueba su pareja calidad. [...]
Un rasgo que emparienta a todos los trabajos de este libro, es su profundidad, ya desde lo lírico, ya desde lo cáustico, ya desde lo humorístico, y así, por lo general no en forma directa, más bien alusiva, más bien evocada. Así lo obliga la creación artística.
Borges decía en el Carriego "es así como, desde los laberintos de cartón pintado del truco, hemos llegado a la metafísica, única justificación de todos los temas. Todos estos trabajos buscan esa justificación.

Alba Omil

Extraído de la Aclaración Preliminar del libro "Espejos del tiempo, espejos del alma", de varios autores. Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, 2009.

jueves, 9 de julio de 2009

La saga del Toto


Aclaración preliminar


El Toto es un delirante cuya vida, cuyas ensoñaciones, cuyos delirios están expresados en ocho entregas que pueden leerse en cualquier orden. He aquí una de ellas.


Visiones


Por cierto que el Toto tenía sus contactos con el Más Allá pero eso, para él, era una cosa más bien natural, nada del otro mundo, valga la paradoja, o la redundancia, porque ya estaba acostumbrado, aunque el hecho no era frecuente ni ocurría cuando él lo deseaba sino cuando los otros lo disponían.
La cosa no era para nada sencilla; tenía sus códigos y había que conocer las claves. Y él manejaba solo algunas.
Lo que tendía a repetirse era la circunstancia, mejor dicho, el horario : en la duermevela del amanecer.
Los de Allá hablaban pero el Toto no oía voces: sonaban en su cerebro, hablaban en silencio, y no es joda, che, porque las sentía. Los simplistas tienden a hablar de telepatía. Allá ellos.
Lo más aproximado es que venían, o él iba, hacia una para-realidad, con reglas diferentes, y allí se producía el encuentro y se entablaba el diálogo, tenazmente fugaz y esta palabra no viene al azar porque ellos, siempre apurados, daban la impresión de estar en fuga, de haber ingresado sin permiso en una zona vedada. Otras veces era como si sonase un teléfono y por esta vía lo notificaran de cosas: “Tené cuidado porque eso no anda bien, movete con cautela”. O “En el tribunal estarán cuatro, yo seré el quinto, a la derecha. Cuando te interrogue el Rengo, vos mirá para mi lado”.
La verdad es que el Toto temía estos encuentros porque no todo eran buenas noticias; por eso, en las noches, al rezarle a su ángel de la guarda, le recomendaba “No les permitas entrar”. Claro que el ángel no siempre le hacía caso: o no quería o no podía evitar estas visitas, o estas informaciones, a veces sin presencia, sin voz, sólo símbolos ¡Ay, el barro! O el agua turbia. O las rosas machitas, qué horror, muerte segura ¿De quién? Vaya a saberse, pero segura y dolorosa. Y así era. Aunque a veces -pocas, mezquinas veces- aparecía el jardín de su infancia en la casa de su abuela, radiante de rosales florecidos, las rosas, iluminadas como lámparas, cosa del otro mundo, indescriptible, intransferible, como la felicidad que circulaba a borbotones por todas las venas de su cuerpo. Era como una droga de acción prolongada, duraba todo el día, o varios días. Si alguien hubiera podido observarlo con detenimiento, hasta hubiese advertido una tenue luminosidad que le brotaba de la piel.
“El niño Toto se ha afeitado con una espuma nueva porque está brillosito”, le comentaba la criada india, medio bruja, vieja ya, a su único interlocutor, el gato negro, viejo también, taimado y cauteloso como ella. Y eran las escasas ocasiones en que el bicho iba a restregársele entre las piernas a un Toto ausente, sumido en la selva espesa de su felicidad.
En sus momentos de desesperación, cuando el mundo le quedaba chico, apretándolo casi hasta ahogarlo, los invocaba: “Julita, te necesito, no te lo echo en cara pero yo, presente cada vez que me precisabas y bien que lo sabes; yo, a tu lado, sin moverme mientras el viento de la tragedia te azotaba sin tregua ¿te acuerdas? Y eso que no viste arder y retorcerse mis entrañas cuando la vida puerca se iba devorando tu carne hasta dejarte la piel sobre la calavera. Te bella calavera viva aún y respirando ya el olor de la muerte que brotaba de tus poros empeñados en subsistir en esa nada que ya era tu cuerpo. No viste porque mi cara había velado sus espejos y reinvertido el horror para que me rugiera adentro, sin asomo exterior. Ahora te necesito, no yo, te requieren mi soledad, mi desolación, mi desesperanza, mi vana vida.
Y en la duermevela del amanecer aparecían dos rosas, una encendida; marchita la otra. Y el Toto besaba con unción la rosa ardiente, y en la mañana, la india vieja le murmuraba algo al gato negro, que algo veía, por su inusitado restregarse contra los pantalones vaqueros, ronrroneando, con la cola en alto, y mirándolo con esos ojos extraños que, sin duda, podían ver mucho más que él en ese Más Allá, vedado al resto de los comunes mortales.
Alguna vez, el Toto había pensado dejar escritas estas experiencias escatológicas pero estaban más allá de las palabras, tal vez más cerca de la poesía, o de la plástica, o de la música, pero ¿pintar qué? ¿Una rosa roja ardiente? No, che, no era la imagen, eran las sensaciones, los temblores del alma, territorio vedado a la forma. Mejor la música pero ¿cómo? El apenas si tocaba algo el piano. Mejor dejarlo así ¿Pero qué significaría la rosa marchita?

Alba Omil

Extraído del libro "La saga del Toto", de Alba Omil, de próxima aparición

domingo, 24 de agosto de 2008

Las suplicantes

Suplicantes. Ilustración de Juan Lanosa, realizada para el libro.

Algún día ha de ser, dijeron las mujeres con fría seguridad -convencidas e inflexibles- y miraron a los hombres que, a su vez, las miraron con ojos inquietos y vacilantes, como si temieran algo inconscientemente, aún antes de caer en ello; como si desconfiaran de sí mismos, o de alguna cosa que estuviese dentro de ellos sin depender de ellos mismos. Acaso como si desconfiaran de Dios.
-La justicia ha de llegar algún día -repitieron las mujeres-. Y lo decían cada mañana, cada tarde, cada vez, como un rito. Y los hombres seguían escuchándolas en silencio y pensando siempre lo mismo. Y siempre les brillaban los ojos, como cuando Miguel volvió del pueblo y lo dijo por primera vez.
Desde ese día comenzaron a mirar con recelo -o con temor- a sus mujeres. Y después trataron de no mirarlas, trabajaron con más tenacidad en el surco, agotando hasta la última fuerza. Y a la noche caían rendidos a la cama. Entonces ellas comenzaban a hablarles, como lo hacía aquella noche la mujer de Juan Miguel.
-Este año durará poco la cosecha. Y después no tendremos qué comer. Y el año pasado tampoco alcanzó. Y si los chicos se vuelven a enfermar, no sé de dónde sacaremos para pagar los remedios. Y hay que componer el gallinero para que no se mueran también este año los pollos. Que ya hay muchos con peste. Y hay que comprarle también zapatos para el chico. Y el chico no quiere ir a la escuela porque no le gusta. Y...
Y se dormían, como Juan Miguel se había dormido aquella noche, pensando en lo que él le había contado, sin reparar en sus mujeres. Y así durante semanas, hasta que llegaba el día de pago y bebían y ya no se conformaban con soñar.
-Tendrá que ser -comentaron las mujeres y siguieron trabajando con tesón, con rudeza, como los hombres. Sudando y encalleciendo como los hombres. Maldiciendo como hombres.
-Ojalá Dios permita que su justicia llegue. Que se termine la locura y el pecado.
-Que los castigue Dios.
Y más se irritaron cuando la vieron en el pueblo, mezclada con la demás gente, como si no fuera distinta, apurada, comprando con los demás, sin reparar en ellas, sin mirarlas, interesada en cosas que parecían estar lejos de allí. Como si ella no tuviese nada que ver con lo que pasaba. Cuchichearon entre ellas. La miraron. Y se dijeron cosas que nunca nadie supo y que sus caras no dejaron traslucir ni siquiera por un instante. Pero la mujer ni se dio cuenta.
Era todavía joven, alta y morena, pero las mujeres no lo advirtieron. Trataron de mirarla más adentro: más allá del vestido y de la piel, en la profundidad de las glándulas, tratando de disecarla como a un bicho, sin dejarle una fibra oculta, buscando descubrirle alguna recóndita, secreta, vergonzosa desnudez.
Ni siquiera sabían que se llamaba María Adela. Pero eso tampoco importaba. Podía haberse llamado de cualquier otra manera. Y hubiera sido lo mismo. Lo temible y odiado, estaba más allá más abajo del nombre.
Y lo comentaron con el cura el último domingo. Y el cura trató de apaciguarlas. Y les habló del perdón. Pero ellas siguieron disconformes. Fue cuando les habló de la justicia de Dios y del castigo que llega, irrevocable, cuando se calmaron. Pero sólo un momento: el recuerdo de la mujer siguió persiguiéndolas como una fatiga de la que no podían reponerse.
El trabajo en el cerco era cada vez más áspero e ingrato porque trataban, a la par, de vigilar las miradas y los pensamientos de sus hombres. Pero ellos estaban inmutables. Como de piedra.

Le pasaba suavemente los dedos por la piel, pero tenía los ojos lejos, como si estuviera sola y distante del hombre.
-Y después moriremos- dijo con voz también distante y una como sonrisa se le vio en los ojos. Y fue como si se le hubiera cerrado también la voz:
-Tal vez ni podamos ver todo lo vivido. Ni siquiera de lejos. Ni siquiera sentir la soledad. Nada. Ni recuerdos.
Él la abrazó y le sintió, encima de la piel, palpitándole, los abrazos de muchos otros hombres. Pero no quiso pensarlo.
-Y ya es como si estuviéramos un poco muertos. Como si tuviéramos un muy viejo amor. Viejos días en que éramos otros. Y recordáramos viejos gestos, atrás, como si tampoco nunca hubieran sido. Y como si tus manos fueran viejas conocidas de mi piel. Pero no sé si quiero volver a verte.
La casa estaba ardiendo desde muy temprano, casi desde la noche, atrás del camino, atrás de la caña, atrás de las cruces blancas y azules del cementerio.
Los hombres habían ido a ver el incendio a la madrugada pero ya entonces no pudieron acercarse por el humo y el calor. Se quedaron mirando desde lejos, largo rato. Después volvieron al cerco y no les dijeron nada a las mujeres que, a su vez, nada les preguntaron, pero que también habían visto el humo desde el amanecer. Y fue como si ellos hubieran querido hablar y preguntarles algo, o buscar la confirmación, o escucharlas decirlo y desahogarse, pero sólo las vieron mirarse.
Después supieron que la mujer había muerto también en la quemazón, junto con tres hombres que habían ido esa noche a la casa, pero tampoco lo comentaron. Se miraron solamente, como en otros tiempos. Pero ya no maldijeron.
Y esa noche se acostaron a la par de sus maridos, frías, sudorosas y duras, como hombres, con su olor agrio del trabajo, como hombres, y se durmieron satisfechas y cansadas.

Alba Omil

Extraído del libro Historias de mujeres y de hombres, de Alba Omil. Ediciones del Cardón, Tucumán, Argentina, 1961.

jueves, 11 de octubre de 2007

Igualito a la Victoria de Samotracia

La ola de calor llegó a fines de marzo junto con el otoño, y nos tenía enfermos a todos: treinta y dos grados, siete décimos, a las once de la noche, aquí al pie del cerro, era como para enloquecer a más de uno. Y no te digo nada de lo que ocurría en el centro porque ahí la cosa estaba mucho más espesa, con insolados, deshidratados y otras hierbas de las que mejor no hablo porque empieza a invadirme la sofocación. Pero aquí arriba no estábamos mejor: cinco grados menos, es verdad, pero la balanza se nivelaba con el peso de los mosquitos: caían como piedras encima de uno, a hacerle, directamente, una transfusión, sin que valieran repelentes, espirales ni insecticidas. Yo era, virtualmente, una piltrafa: una bolsa de papas desparramada en la cama, con la presión arterial en el suelo, con un estado de ánimo en el mismo sitio, haciéndole compañía; distante a kilómetros del sueño y en lucha desigual con la sofocación, con el calor, en fin.
"Tras que éramos pocos, parió la abuela", me dije con furia cuando vi el resplandor en la galería de adelante. No hay nada que me fastidie más, que me desvele más que la luz. Con seguridad venía de la casa del lado; teóricamente así tenía que ser, pero esa casa estaba desalquilada hacía mucho tiempo. Tampoco se oía ningún ruido; a lo mejor se trataba de alguna pareja que había pagado el alquiler por horas; como el ruso Popoff es un delincuente y se las sabe todas, era capaz de eso y mucho más; ya lo había hecho muchas veces. Pero yo no había oído detenerse ningún auto, de manera que me levanté, con esfuerzo, descalzo y casi en cueros fui a mirar por la ventana pero sólo vi el resplandor amarillo -algo más intenso- procedente de la derecha. Y pensándolo mejor, al ruso le habían retirado el medidor por razones obvias hacía como dos meses así que estaba sin luz. Podía ser un farol, claro, pero ¿de quién?, ¿por qué?, y si abría, la doble cerradura iba a hacer un ruido de la gran siete. ¡Y bueno! Al fin de cuentas qué me importaba: yo estaba en mi casa y era dueño de salir a la galería a la hora que me diese la gana. Salí. La luz no provenía de la casa vecina. Estaba allí, en mi casa, a unos siete metros de mi nariz, en el extremo de mi propia galería, entre el ciprés y el pilar, pegada a la cerca de alambre que oficia de medianera. No veía su origen. No alcanzaba ni a explicármelo. En ese instante pensé mil cosas; mil fragmentos de ideas me pasaron por la mente sin acabar de concretarse cuando ya eran desechados por imposibles: podía proceder de un platillo volador... ¡pero! ¿de qué plato volador me estás hablando, estúpido? El cementerio no estaba lejos y en una de esas... ¡Avisá, che, por favor!... ¿Un ectoplasma? ¡Ja, ja! Sí, claro que parecía un ectoplasma. ¿Y cuándo viste un ectoplasma, para estar tan seguro? Un día de estos te encierran si empezás con esas teorías. En realidad no tenía forma. Bueno... sí y no. No tenía forma definida. No tenía cuerpo, mejor dicho, porque forma sí, era como una escultura difusa, sin rasgos claros, algo así como el negativo movido de la Victoria de Samotracia, ¡eso es! Tenía cierto aire a la Victoria, pero sin corporeidad, pura luz. A lo mejor se trataba del reflejo de un faro, subiría al techo para verificarlo. La cosa, bueno la luz se desplazó lentamente: al parecer estaba vigilando mis movimientos y ahora, según yo lo intuía, debía de encontrarse de perfil. ¿Estaría mirándome? (Recién me entero de que el reflejo de un camión estacionado a cincuenta, o a cien metros tiene mirada. ¡Pero qué cosa!). Y bueno, pero ¿dónde está ese camión que no lo veo? No había ninguna luz alrededor, salvo los faroles mortecinos de la calle. El calor, la insolación, la fiebre, provocan alucinaciones. Mejor me pondría el termómetro. Aquello se desplazó otra vez y tuve la impresión -la sospecha- de que estaba divirtiéndose a mis expensas. ¿Habría una figura humana debajo de esa luz? ¡Pero qué iba a haber! Saltaba a la vista que no: todo era transparente, una acumulación de puntos luminosos y nada más. En ese momento chilló, chistó con estridencia la lechuza sobre mi cabeza. ¡Bah!, la lechuza chistaba toditas las noches, por algo tenía un nido en el baldío de atrás. ¿Sería un alma en pena? Dicen que se presentan como formas vagas y luminosas; al menos, así lo aseguraba mi abuela y no era ninguna tarada (¡alma en pena! ¡Se precisa ser...!) Y bueno, estaba ahí. Sin embargo yo no sentía miedo, al contrario, me invadía una sensación extraña, como de laissez faire (el calor, tal vez), como de abarcar el mundo con mis brazos, de no desear ya nada, como cuando contemplaba en el Louvre la Victoria de Samotracia, allá en su altura, bella, exclusiva, dominante; o como cuando entré por primera vez en la humildísima capillita de un pueblo de montaña cerca de La Quiaca; o como cuando, en estado de crisis mística, asistía a misa en el oratorio de mi abuela, allá en la estancia, en mis lejanos catorce años. ¿Iría a quedarse allí toda la noche? ¿Tendría que quedarme yo también inmóvil en espera de que aquella "cosa" tomara una iniciativa? -¡Oiga! Diga -comencé a decirle pero ahí nomás me hizo cerrar la boca el sentido del ridículo y no pasé de esas palabras.
Me senté en el sillón, no a esperar, a gozar de esa luz que, de alguna manera, me chorreaba por dentro. Un poco más y terminaba por invadirme el sopor, me adormecía y me despertaba después en México o en Marte. Estos visitantes del espacio y sus procedimientos subliminales... Pero quién te dijo... Felizmente empezó a correr un poco de aire fresco y los mosquitos desaparecieron como por ensalmo.
Me despertaron los timbrazos del jardinero, a las siete de la mañana. Sentía la musculatura del cuello dolorida, rígida, y una sensación de hormigueo en todo el cuerpo. Entumecido, esa era la palabra. Entumido, decía mi abuela en esos casos. De la luz, ni rastros. ¡Claro! Pleno día: aunque hubiera estado ahí, a mi lado en el sillón, qué iba a verla. Dicen, lo he leído por ahí, que los extraterrestres traen sus hembras y hacen cruza con nosotros, los terráqueos, para lograr una raza que se adapte a este planeta. La racionalización empezó a subir como la marea en mi cabeza, pero, siempre había un pero de por medio.
Almorcé temprano y frugalmente. Tal vez una buena siesta, la oscuridad, el silencio de mi habitación lograran sedarme. Me duché (no hay que bañarse a deshora porque se hace el cuajo, decía mi abuela, y tal vez tenía razón) y me tendí, otra vez, con la sensación de estar convertido en una bolsa de papas. Empezaba a dormitar cuando alguien me llamó. Estoy seguro, segurísimo. No percibí ninguna voz, es cierto, pero percibí el llamado. Me incorporé: ahí estaba la luz, instalada en mi propio cuarto, aunque ahora mucho más difusa. Me tapé la cabeza con la almohada. Me levanté, encendí la luz; volví a acostarme; me levanté, intenté tocar aquello (atrapar el aire con las manos), abrí la ventana y vi que había entrado el jardinero. Lo llamé:
-Digamé, don Andrés ¿qué ve aquí dentro?
-La verdad, señor, no veo nada, está todo oscuro. A lo mejor si prende la luz.
Después de este episodio la cosa aquella se adueñó de mi casa: andaba como flotando. ¡Claro, impunemente! Se convirtió en una obsesión; después en una compañía. Hasta me acostumbré a hablarle ¡por supuesto, como si hablara conmigo, o con mi sombra! Pero no, no era igual, porque tenía la sensación de que aquello me escuchaba (igual que cuando vivía mi mujer y la casa estaba llena con su presencia, no como ahora que me sobra por todas partes), de que de algún modo me respondía.
Cuando empecé a sospechar la verdad y me di cuenta de todo, resolví poner candado al cerco de mi boca, no fuera que por ahí alguno sugiriese la idea de encerrarme... Y, realmente, era una cosa de locos. Empecé a leer libros de medicina sicosomática (cierto es que la muerte de Analía me dejó descolocado; cierto es que durante semanas continué sintiéndola a mi lado como si estuviese viva; es cierto que, llegado un momento, perdí el sentido de la realidad); después me interesé en todo lo referente a trastornos de la personalidad y siempre el luminoso se colocaba a mi derecha, como si leyera por encima de mi hombro (¡qué cosa que me hace hervir la sangre!= y yo tenía la sensación de que se estaba riendo. Una vez, mientras leía Eysenck, pasé por alto un capítulo relativo a las neurosis que no me interesaba ¿y qué no va el otro, con toda alevosía y me da vuelta las páginas salteadas?
-¡Pero che! -le dije furioso y le di un manotón que él esquivó con elegancia.
No me contestó. Claro, qué iba a contestarme.
Otro día encontré el tomo de Rof Carvallo sobre mi mesa de luz, abierto en el capítulo sobre alucinaciones. Lo miré furioso. No, al libro no, al fluorescente.
-Pero, ¿vos qué te pensás?
Nuevamente la sensación de que se estaba riendo, riendo de mí (y también la sensación de que Analía me miraba desde lejos, que no estaba solo).
-Y, ya que te gusta, seguí dándote manija, ahí tenés un material abundante y al alcance de la mano -no, no me contestó, se me ocurrió a mí que me contestaba y también que me decía "dejate de macanear y salgamos, mejor, al jardín que la luz de otoño, a estas horas, es como un milagro que toca todas las cosas". Yo le hice caso y salimos. ¡Qué estremecedora, qué límpida era la transparencia del aire!, qué virginal el olor de la tierra, de las hojas. El limonero parecía un incensario. Yo creía soñar o, realmente, soñaba.
Mi hermana menor, que me visita con frecuencia, sobre todo desde que perdí a Analía, ha advertido algún cambio en mí:

-Pasás mucho tiempo encerrado en esta casa, Marcelo.
-...
-Sí, como te estoy diciendo.
-...
-Sí, y eso no es saludable.
-...
-Ya no sales, como antes; ni al cine vas.
-...
-Bueno, pero no siempre los filmes son malos. Pero tampoco juegas con mis chicos ¿que te molestan?

Matías es un ángel de dos años, con la cabeza cubierta de rulos luminosos. Es mi gloria; sus conversaciones le ponen almíbar a mi vida: me explica, en tres cuartos de lengua, que el niñito Dios, hijo de la Vingen Maía, le ha hecho los rulitos con un compás que San José, campintero, le ha fabricado con palitos del jardín. Matías me acompaña, ahora con más asiduidad, desde que mi hermana ha empezado a darse cuenta del problema de mi soledad. Lo hace dormir y lo deja a que pase la siesta conmigo; a la noche lo retira. Al principio, en cuanto llegaba Matías, el otro, el luminoso, se hacía repeluz pero ahora parece que ha empezado a tomarle confianza aunque observo que sigue escondiéndosele como si temiese que lo vea. Ha vuelto a flotar por toda la casa, como antes, pero cuando el chico se despierta, él se escabulle: va a sentarse en el sillón del estudio, enciende el televisor (sí, hasta ese extremo ha llegado) o va a jugar (así al menos puede deducirse de sus actitudes) con las mariposas en el jardín; o con los picaflores, que lo vuelven loco. No sé bien qué le ocurre con Matías, a lo mejor son celos, pero es difícil, a lo mejor teme que lo vea.
Hace unos días jugábamos a la pelota en la galería de atrás, de pronto el chiquito la pateó para el jardín del ruso y ahí nomás lo veo al flotante (ocupado hasta ese momento con una bella mariposa azul) que se traslada de un bote hasta el otro lado y manda de vuelta la pelota de un envión que hasta Passarella le envidiaría.
Algo despertó a Matías ayer, bastante más temprano de lo acostumbrado (yo dormitaba y el luminoso hojeaba, con total desparpajo, a los pies de mi cama, la revista Goles que había quedado encima de la cómoda) y en eso, una luz se le encendió en la cara mientras con su índice regordete y nada limpio señalaba hacia el rincón oscuro:

-Mirá, tío, miralo al angelote de la guarda.

Alba Omil

Extraído del libro Tener ángel, de Alba Omil. Editorial Lucius, Tucumán, Argentina, 1981.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Estos animales (relatos)

Las historias de y con animales son infinitas. Desde un principio, el hombre convivió con ellos.
Muy temprano, ya en las cavernas, los fue incorporando a sus creaciones, dándoles presencia en el mundo del arte.
Muy temprano, también, aparecen en el relato oral y en la literatura, que se puebla de seres imaginarios, paralelos, o por encima de los reales. Los dragones chinos, generados vaya a saberse cuándo por el imaginario colectivo, incendiaron su época y, a partir de entonces, continúan iluminando nuestra fantasía.
En general, los libros de viajeros crean un fantástico zoofriso del ámbito medieval. Y aún antes (hacia fines del mundo antiguo), los de Alejandro Magno, en el texto del Pseudo Calístenes (s.III E.C.) que recoge la herencia greco-helenística y romana. Pero ¿qué precede a estas versiones? Un enorme caudal del imaginario zoológico, elaborado durante siglos.
Tampoco hay que olvidar a Esopo y Fedro ni a los difusores de sus fábulas en la Edad Media: Walter English y Romulo Anglico Completo.
Las crónicas de Indias, pobladas de seres tan extraños (deformados por la distancia y el deslumbramiento) que hasta parecían irreales (el quetzal, por ejemplo), son otro precedente.
Los Bestiarios medievales (algunos preciosos), donde lo real convive con lo fantasioso, mostraron un exquisito y deslumbrante abanico que sigue multiplicándose en el presente. Recuérdese el Bestiario de Tolkien.
Pero este libro que hoy presentamos no es un Bestiario, no se ajusta a sus características. Es un conjunto de relatos de y con animales, reales, imaginarios, simbólicos, míticos. Muchos de ellos se encuadran en la microficción.
Por otra parte, cabe señalar que los autores de estos trabajos no son figuras aisladas dentro de nuestra literatura del NOA, como lo fueron, por ejemplo, los de la generación del 60; unificados por intereses comunes, por lecturas comunes y por un contexto histórico-geográfico-literario que los emparentaba, pero aislados como personas.
En este caso, el grupo de autores se asemeja más a La Carpa; se conocen, se frecuentan, participan de cursos, de un concepto de literatura que privilegia el cuidado formal; han coparticipado en publicaciones colectivas. Tienen espíritu de grupo, con un criterio abierto que se extiende cada vez a mayores integrantes, un proyecto en común [...]


Alba Omil

Extraído de las palabras preliminares del libro Estos animales (relatos), de los autores Luis Rodolfo Agulló, Carlos Alfredo Alonso, Teresita Amad, David Bercovich, Ana María D'Andrea de Dingevan, Nelly Druck de Konevky, Zeev Gaalkin, María Eugenia Godoy, Carlos Isas, Elvira Juárez Aráoz, Juan Carlos Molina, Leticia Mure, Jorge Namur, Estela Porta, Regina Saez, Eduardo Santos, Emma Cristina Zamora y Honoria Zelaya de Nader. Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, Argentina, 2007.

martes, 26 de junio de 2007

La Hidra y su delirante cabellera

La Hidra de Lerna, muy deprimida, fue hasta la cueva de una tortuga vieja que, en sus periódicos viajes a la playa, a lo largo de los años, había oído muchas historias y aprendido muchas cosas.
–Me duele la cabeza, dijo
–¿Cuál?
–No sé bien. A veces una, a veces otra, a veces todas.
La tortuga pliega durante un rato sus párpados viejísimos y después aconseja:
–Busca una pareja: el amor curará tu soledad y aliviará tus males.
La hidra baila feliz una danza de amor. Ondula su cabellera serpentina, se abraza al macho; los mueve una música audible sólo para ellos. Los acompañan coros de peces centelleantes. Bailan las anémonas, los corales, las esponjas: baila el jardín marino, ebrio de sonidos que encantan el silencio profundo.
La pareja, al ritmo del vals, entra a la sala de un galeón hundido, luego sale a la playa. Hasta las noctilucas, iluminan el acontecimiento y tornan fastuoso el acto.
Hacia el amanecer, Hidra regresa, envuelta en su propio aliento mortífero, sangrante y con el asomo de una nueva cabeza.
Los restos del amante quedaron en la playa.
Nuevamente el mar se ilumina y todo baila y la hidra entra de nuevo al viejísimo galeón hundido, y sube con otro amante a la playa y otra vez vuelve sangrando. Y así tantas veces que ni siquiera puede contarlas.
Retorna a la cueva donde la tortuga sueña.
–Me duele la cabeza.
–¿Y el amor? ¿Y los machos?
–¡Tantos! Pero ninguno parecido al de mis ensoñaciones.
La tortuga pliega sus párpados viejísimos y se pone a soñar el porvenir.
–Un macho poderoso ha de llegar un día y te aliviará de tus males para siempre.
–¿Quién? ¿Cuándo?
La tortuga ya ha plegado sus párpados viejísimos y está, otra vez, soñando el porvenir.
Hidra no puede despertarla y se marcha, con la cabellera marchita.
En las sombras de la ensoñación, la tortuga ve la imagen de Heracles, perfilándose en el horizonte.


Alba Omil

Extraído del libro Bestiario Erótico y otras historias de animales, de Alba Omil y Lucio Piérola. Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, Argentina, 2007.

martes, 12 de junio de 2007

El Toto no estaba solo

El Toto no estaba solo, lo acompañaba una curda (*) impresionante que lo obligaba a caminar erecto –para no perder la respetabilidad ni la compostura, che– como lo hacía cada vez que hablaba con su alma, al fin de cuentas, la única capaz de comprenderlo cuando él se sumergía en la nebulosa:
"La ciudad se ha bajado a dormir sobre el asfalto, arropada por la niebla interminable. Voy pisando sus torres, sus luces y su gente, sus malditas miserias y todos sus espejos, donde se bañan mil ojos, un solo ojo repetido mil veces y una órbita seca por donde espía la muerte".
Sale de la ciudad sin advertirlo y penetra en el mundo de las ensoñaciones. Hace un nudo y otro nudo; en series infinitas va eslabonando el tiempo que se enrosca en el pequeño espacio de su conciencia arropada por la niebla.
Se pierde entre los espejos, en un zig zag interminable para no pisarlos porque si se rompen es mala suerte y ya demasiada con la que se le había cuajado encima sin comprarla ni ganarla. Y no sabe qué hacer con tanto cielo negro donde de vez en cuando se baña alguna estrella o un foco macilento; porque la llovizna hace rato que se ha ido, aunque quedan los espejos.
De repente se cruza con la gata sorda que, acostumbrada a espiar en el mundo de los muertos, hace rato perdió el sentido de la realidad y lo confunde pero ¡cierto!, la gata se ha muerto hace dos noches y qué hace aquí este fantasma, cruz diablo, a lo mejor yo, como ella, soy fantasma y andamos explorando la ultratumba donde también llueve y se amontona el agua en los charcos como en esta maldita ciudad llena de ruido aunque ¡caramba! la ultratumba es silenciosa, entonces no estoy muerto ¡qué joder! Pero ¿y la gata? Porque la gata se ha muerto hace dos noches y cómo nos ronda la muerte. Convivir con los muertos ¡carajo! ocupando cada una de las células del alma y toditas las células del cuerpo, recorriendo los conductos del cerebro, laberinto que no excreta ¡ufa! acabo de hacer trizas un espejo, mil pedazos la realidad interior, mil pedazos la realidad afantasmada que me rodea y estoy hecho sopa y lleno de barro, parece que me dormí.
Mejor, me voy a casa.

Alba Omil

(*) Borrachera

Extraído del libro Panorama de la narrativa tucumana (de La Carpa a nuestros días), de varios autores. Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, Argentina, 2007.

domingo, 20 de mayo de 2007

Presentación del libro Panorama de la Narrativa Tucumana. De La Carpa a nuestros días.

El día martes 15 de mayo de 2007 se realizó la presentación del libro Panorama de la Narrativa Tucumana. De La Carpa a nuestros días. Es una antología de cuentos y microrrelatos que reúne a escritores tucumanos de diversas generaciones y de distintos lugares de la provincia. La selección de textos y coordinación editorial estuvo a cargo de Alba Omil. Los autores son Julio Ardiles Gray, Octavio Cejas, Alba Omil, Tulio Santiago Ottonello, Carlos Alfredo Alonso, María Eugenia Godoy, Elvira Juárez Aráoz, Ana María Mopty de Kiorcheff, Jorge Namur, Lucio Piérola, Estela Porta, Luis Sáez, Eduardo Santos y Ema Cristina Zamora. En el acto hablaron los autores Ottonello, Namur y Mopty de Kiorcheff. El acto se realizó en el Centro Cultural "Alberto Rougés" de la Fundación Miguel Lillo, en San Miguel de Tucumán. Las fotos a continuación fueron cedidas por Luis Sáez, co-autor del libro.

De izquierda a derecha: Tulio Santiago Ottonello, Ana María Mopty de Kiorcheff y Jorge Namur, haciendo la presentación del libro.


En primer plano, Elvira Juárez Aráoz y Tulio Santiago Ottonello. Detrás están Mafalda Benuzzi de Canzonieri y Amanda Guillou de Isas, antes del comienzo de la presentación.

En las primeras filas, junto a otra gente estaban los autores Eduardo Santos, Elvira Juárez Aráoz, María Eugenia Godoy y Lucio Piérola.

En esta foto están Lucio Piérola, Alba Omil, Jorge Namur y Constanza Terán de Colombres, quien habitualmente lleva a cabo la coordinación este tipo de eventos.

jueves, 10 de mayo de 2007

A la siesta sale el duende

La piscina recortaba su blanco enceguecedor contra el césped jugoso, recién cortado. En el brocal, las niñas tomaban sol bajo un cielo luminoso, profundo y sin manchas. De entre las flores del laurel, todo blanco, salían trinos ocultos y, de rato en rato, asomaba alguna cabecita negra, como un pimpollo ajeno. Desde el frescor de la morera, otros tordos hacían coro.
-No puede ser –dijo Micaela indignada y dejó caer, pesada y displicente, una manita dorada que fue formando anillos en el agua verde.
Su hermana, sabia ya a los cinco años, insistió con toda la calma de esa vieja sabiduría:
-Sí, es cierto.
-¡Mentiras! ¡Patrañas! ¡Patrañas! (le gustaba la palabra recién aprendida; le gustaba hablar como los mayores. Y tal vez, muchas veces, pensaba también como los mayores). Ya soy grande –comentó, orgullosa de sus ocho años-. Venirme a mí con la historia del duende. ¡Vean eso! ¡Patrañas! Está bien que a ustedes los chicos les digan estas cosas para que no se escapen a la siesta, pero a una, caramba…
Alejandra, sentada sobre la losa, metió el dedo gordo del pie para probar la temperatura del agua; luego lo fue hundiendo poco a poco hasta el tobillo. No se animó a introducir el otro.
-Sí, existe –insistió con la misma calma-. Yo lo he visto.
-Mentirosa.
-Yo lo he visto.
Los coyuyos ponían largos arpegios a la siesta y el cerro elevaba su cono verdinegro ahí mismo, atrás del jardín. Micaela flexionó morosamente una pierna, luego la otra, como la había visto hacer a su madre “como los gatos” dijo a media voz, como había oído decir en circunstancias semejantes a su madre.
-Sí, como los gatos –aceptó Alejandra pensando en otra cosa-. Tiene ojos igualitos al gato. Dio una voltereta y luego una tumba carnero en el césped, mientras la Pimpa hacía otro tanto a su lado. Cesó el juego. Un ladrido corto interrumpió, por un instante, las guitarras de los grillos.
Micaela saltó al agua, dio un chapuzón y volvió a su sitio en el brocal, con la piel cubierta de ampollitas refulgentes donde el sol hacía guiños. Cerró los ojos y jugó con los colores que se le formaban bajo los párpados: una mancha violeta, una moneda verde, una naranja, una como corola colorada.
Alejandra se le acercó de puntillas y retomó un tema:
-Tiene dientes grandes y amarillos como los tuyos. Es feo.
La otra se sentó furiosa.
-¡No lo has visto!
- Siempre lo veo, -repitió su hermana, serena-. Es mi amigo.
-¡Qué va a ser!
-Te digo que siempre lo veo.
-¿Dónde? ¡Dónde lo vas a ver!
-Ahí, en el maizal, junto a la higuera. Ahí cerca de aquel hueco –y señaló-.
Silbó con insistencia un tordo y callaron las cigarras. Ladró, otra vez, la Pimpa.
Micaela volvió la cabeza y vio ahí, a pocos metros, un inmenso sombrero verde, una sonrisa de dientes amarillos, enormes, desparejos, un par de esmeraldas insistentes que la miraban con atención, unas patas como de pavo y unas manos viejas, reviejas, viejísimas que le hacían señas para que se acercara y le mostraban unos higos gigantescos, hermosos, como de oro, como de miel.
Dio un grito. Alejandra la tomó de la mano; con la otra hizo un saludo y corrieron hacia la cocina seguidas por la perra.
Alejandra, sabia y vieja, abrió la puerta y dio un vaso de agua a su hermana, tal como lo hubiese hecho su madre. Una chispa extraña brillaba en sus ojos verdes, parecidos a los del duende.
Afuera, algo había interrumpido del todo la serenata de los coyuyos y el silbo de los tordos.


Alba Omil

Extraído del libro Por el tobogán del arcoiris, de Alba Omil. Manual para la enseñanza de la lectura, la redacción y la gramática en la escuela primaria. Editorial Lucius, Tucumán, Argentina, 1977.

miércoles, 18 de abril de 2007

El caballito que quería volar


Cuando nació era tan enclenque que no podía sostenerse sobre sus patas. Nadie creía que sobreviviera. Los chicos lo bautizaron Sinfín y trataron de alimentarlo con biberón, pero en cuanto alguien quería acercársele, parecía que el diablo se le hubiese metido en el cuerpo: era una confusión de corcovos y patadas, con una fuerza que sacaba quién sabe de dónde.
Fue un hermoso potrillo rebelde, una pintura contra el verde maizal, bajo el cielo límpido.
-Es arisco, decían algunos.
-Es bagual, pero ya llegará el tiempo de la doma y entonces lo veremos, preanunciaba un experto.
El caballo escuchaba y, en el fondo, se reía con desprecio porque él, a su vez, tenía sus secretos planes.
Odiaba a la gente -desdén más que odio- y amaba a las mariposas, a las abejas, a los pájaros, o quizás, por encima de ellos, más allá de ellos, a través de ellos, lo que amaba era el vuelo. Despegar de la tierra, hundir los cascos en el aire, más y más alto, más arriba de las ramas de ese tarco vanidoso que ese verano se esponjaba en azules haciéndole competencia al cielo; más arriba de las pícaras golondrinas que escribían nombres raros con tinta china sobre el aire límpido; arriba, arriba, arriba, en el infinito azul, bebiéndose las estrellas, lamiendo con su lengua rosa el brillo de la luna blanca.
El alfalfa más tierna y más dulce no le sabía bien, no era ni sombra del pregustado pasto azul de las alturas. El agua del manantial, sí: venía desde arriba, la bebían los grandes señores del espacio: los cóndores, las águilas. Pasaba con deleite por su boca, le corría con ruido por la garganta, era el preanuncio de lo esperado.
Se reunió mucha gente ese domingo. Otros jinetes, con arreos de plata en sus cabalgaduras y brillos que competían con pelajes negros, blancos o tostados, pusieron alegría en la estancia, y desprecio en el alma del potro.
La doma lo sorprendió como una bofetada, como un latigazo en plena cara. Su relincho hirió el aire. Mordió el freno con la boca espumosa de rabia y de miedo. Sintió el peso del jineto en su cuerpo y salió desparando: era una flecha, era una bala, era un brillo de cuero sudoroso que daba saltos en el trebolar. Jinete y montura volaron por el campo. El potro, libre, galopó a su placer, respirando a pulmón pleno. De pronto, un salto y otro y los cascos que se hundían en el aire como si fuese arena tibia. Abajo quedaba el aire rosa alfombrado por copas de lapachos. Él trepaba, subía, subía como por una escalera azul hacia la altura, devorando los pastos celestiales.
Abajo, los muchachos que habian tratado de alimentarlo con biberón, velaban su sombra en lo hondo del barranco.


Alba Omil

Extraído del libro De lunes a viernes, de Alba Omil. Editorial Nova, Buenos Aires, Argentina, 1980.

miércoles, 4 de abril de 2007

Meditaciones del Toto, al pie de su propio ramaje


El Toto estaba realmente preocupado por el problema de la relación del alma con el cuerpo, dado que, consideraba, con tanta alma suelta y acumulada en el sufrido universo desde hacía milenios, habida cuenta de su tan pregonada inmortalidad, los cuerpos resultaban insuficientes. Y, hasta el espacio, también insuficiente. Era por eso que se afirmaba cada vez más, la teoría de que cada cuerpo era ocupado por dos, o más almas, las que, como en las mejores familias, convivían, o se turnaban, o se desplazan, de a ratos se llevaban magníficamente bien; de a ratos, a las patadas. Esa teoría, al fin de cuentas, era tranquilizante porque terminaba de explicar su ciclotimia: cuando lo habitaba la diurna –un alma clara, sosegada, en equilibrio consigo misma– él estaba tranquilo, podía hacer cosas y llevarse bien con el mundo. En cambio la otra, la nocturna, era –o sería– la responsable de las caídas hondas en los pozos del alma (Vallejo dixit); de su angustia metafísica, de sus depresiones, porque quién podía saber cómo le había ido a esta pobre en vidas anteriores, para que acarreara semejante resaca. Pero era necesaria otra explicación todavía: ¿y sus furias repentinas?, ¿y esos arranques que lo sacaban de quicio? Capaz que una tercera, escapada del averno, de vez en cuando le hacía sus visitas. Era después de esas caídas bruscas, o de la visita de la tercera, cuando al Toto se le daba, o por viajar (no cualquier viaje, no, viajes insólitos) o por escribir. No era mal poeta –decían– pero ¿Cuál es la distancia que media entre el "no era mal" y el "era buen"? He ahí la incógnita. Mejor, a otra cosa. Una mañana en que todo pintaba bien, tuvo una feroz discusión con la Aurelia, su hermana mayor, lo que motivó su retiro por tres días, a los aposentos superiores. Allí fue donde pensó llamar a una conferencia de prensa: convocar a sus tres almas a que pusieran sus cartas sobre la mesa, dijeran quién era quién, declarasen objetivos y plan de vuelo para el resto de la temporada, para tranquilidad del dueño del inquilinato. He dicho. Fracaso total, por falta de quórum. De una cosa estaba seguro con respecto a sus inquilinas: eran díscolas e irreductibles. Si él se proponía alguna cosa y ellas otra, resultaba inútil todo intento de persuasión o de doblegamiento. Pero aquí le surgía otro interrogante, no menos problemático: ¿y las almas de algunos políticos? ¿de algunos funcionarios? ¿y las de los mafiosos? (la pucha con los acercamientos que buscan ciertas palabras) ¿serían almas descartables? O tal vez esas que no tienen cabida en ningún lugar del universo, visible o invisible, y buscan una rendija o un elemento poroso para filtrarse y establecerse. Sin duda había muchas categorías de almas pero ¿y sus destinos? ¿quién determinaba su ubicación? porque Dios no se iba a distraer en esos menesteres, y menos todavía con las ya señaladas descartables. ¿Estarían dotadas de libre albedrío?, ¿de libre elección, en este caso?, ¿o sería todo al manchanchi? En cuanto a las propias, él no estaba del todo disconforme. Cierto es que la diurna era medio aburrida, incapaz de ningún asombro, pero, en comparación, la nocturna tenía desplantes maravillosos y no te digo nada de la frenética, que tantos sinsabores le ocasionaba, aunque ofrecía sus soberbias revanchas, un poco delirantes, es cierto, pero el delirio suele emitir aromas inigualables. Agotó los filósofos de Oriente y Occidente en busca de respuestas, pero sin éxito. Iba a convocar a nueva conferencia de prensa, por si acaso, total, paciencia y tiempo era lo que le sobraba. Mientras tanto, trataría de convivir como Dios lo ayudara. Más difícil era la Aurelia que todas sus almas juntas ¿cómo sería el alma de la Aurelia? Bueno, ese era un tema difícil. Mejor, paremos la mano.

Alba Omil

Extraído del libro Panorama de la narrativa tucumana (de La Carpa a nuestros días), de varios autores. Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, Argentina, 2007.