jueves, 9 de octubre de 2008

El canto del pájaro


Más que oírlo, veía el canto del pájaro subir en volutas por el aire limpio -arriba, arriba- hasta perderse en la luz y regresar, al fin, resplandeciente, a hacer su nido en mi corazón.

Alba Omil

Extraído del libro Escritores de Tucumán, siglo XXI, de varios autores. Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, Argentina, 2008.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Acerca de lo real y de lo simbólico de la discriminación

Comentario de Alba Omil sobre el libro Fuera, de Susanna Tamaro (Buenos Aires: Seix Barral, 2008). Publicado en el diario La Gaceta de Tucumán, el día 28 de septiembre de 2008. El enlace a la nota es:

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Libros viejos que no han perdido vigencia.

Semanario de Agricultura

Esta es una sección nueva del blog, donde por gentileza de su autora, aparecerán artículos de Alba Omil, próximos a aparecer en diferentes publicaciones, o ya en prensa. Fragmentos de esos textos estarán acá, como anticipo exclusivo.

Hipólito Vieytes (1956): Antecedentes económicos de la Revolución de Mayo. Buenos Aires, Ed. Raigal.
Este libro recoge los artículos publicados por Hipólito Vieytes en el Semanario de Agricultura Industria y Comercio (1802-1806).
Con respecto al agro (hoy en día tema preocupante, urticante, sustancial y arteramente soslayado) puntualiza: "No es posible que pueblo alguno pueda prosperar una vez que llegue a desatender su agricultura, siendo cierto que la grandeza de las naciones es un edificio cuyos primeros materiales se sacan del producto de sus tierras. Si consultamos con imparcialidad la historia del mundo veremos que las verdaderas fuerzas de un imperio crecen o disminuyen a proporción del respeto, o del desprecio que se ha hecho de la agricultura".

Vieytes sostiene que el apoyo estatal al agro es la vía para el progreso económico. porque la agricultura genera riqueza, educa y enseña y así destruye ese poderoso instrumento de sujeción que es la pobreza.
La prosperidad económica abre las puertas a la cultura; y la cultura, a la independencia política. A propósito de la prohibición de venta -al interior y al exterior- de algunos productos, entre ellos el trigo, dice: "El pretendido tema de la escasez justificaba desde el punto de vista del Cabildo la casi permanente prohibición de extraer trigo desde Buenos Aires. Sin embargo, los cálculos más moderados demuestran que siempre queda un remanente del consumo corriente. Además de que, como lo señalaban los labradores, si se favorecía la exportación, aumentaría notablemente la producción, y en este caso, los temores quedarían absolutamente descartados. Entonces debemos pensar que quienes levantaban de continuo la bandera del pánico ante la inminente hambre, debían ser los mismos comerciantes monopolistas -que usufructuaban los sudores y sacrificios de los chacareros- en vislumbrando la amenaza de perder sus pingües negociados" […]

Alba Omil

Extraído del libro Hace tiempo en el Noroeste, de varios autores, y próxima aparición.

martes, 26 de agosto de 2008

Por voluntad y elección


Artículo de Alba Omil publicado en el diario La Gaceta de Tucumán, Argentina, el día 20 de julio de 2008. El vínculo directo a la nota es:


Con respecto a este artículo, la autora publicó una aclaración en el mismo diario el día 3 de agosto de 2008. El vínculo directo a la nota es:

domingo, 24 de agosto de 2008

Las suplicantes

Suplicantes. Ilustración de Juan Lanosa, realizada para el libro.

Algún día ha de ser, dijeron las mujeres con fría seguridad -convencidas e inflexibles- y miraron a los hombres que, a su vez, las miraron con ojos inquietos y vacilantes, como si temieran algo inconscientemente, aún antes de caer en ello; como si desconfiaran de sí mismos, o de alguna cosa que estuviese dentro de ellos sin depender de ellos mismos. Acaso como si desconfiaran de Dios.
-La justicia ha de llegar algún día -repitieron las mujeres-. Y lo decían cada mañana, cada tarde, cada vez, como un rito. Y los hombres seguían escuchándolas en silencio y pensando siempre lo mismo. Y siempre les brillaban los ojos, como cuando Miguel volvió del pueblo y lo dijo por primera vez.
Desde ese día comenzaron a mirar con recelo -o con temor- a sus mujeres. Y después trataron de no mirarlas, trabajaron con más tenacidad en el surco, agotando hasta la última fuerza. Y a la noche caían rendidos a la cama. Entonces ellas comenzaban a hablarles, como lo hacía aquella noche la mujer de Juan Miguel.
-Este año durará poco la cosecha. Y después no tendremos qué comer. Y el año pasado tampoco alcanzó. Y si los chicos se vuelven a enfermar, no sé de dónde sacaremos para pagar los remedios. Y hay que componer el gallinero para que no se mueran también este año los pollos. Que ya hay muchos con peste. Y hay que comprarle también zapatos para el chico. Y el chico no quiere ir a la escuela porque no le gusta. Y...
Y se dormían, como Juan Miguel se había dormido aquella noche, pensando en lo que él le había contado, sin reparar en sus mujeres. Y así durante semanas, hasta que llegaba el día de pago y bebían y ya no se conformaban con soñar.
-Tendrá que ser -comentaron las mujeres y siguieron trabajando con tesón, con rudeza, como los hombres. Sudando y encalleciendo como los hombres. Maldiciendo como hombres.
-Ojalá Dios permita que su justicia llegue. Que se termine la locura y el pecado.
-Que los castigue Dios.
Y más se irritaron cuando la vieron en el pueblo, mezclada con la demás gente, como si no fuera distinta, apurada, comprando con los demás, sin reparar en ellas, sin mirarlas, interesada en cosas que parecían estar lejos de allí. Como si ella no tuviese nada que ver con lo que pasaba. Cuchichearon entre ellas. La miraron. Y se dijeron cosas que nunca nadie supo y que sus caras no dejaron traslucir ni siquiera por un instante. Pero la mujer ni se dio cuenta.
Era todavía joven, alta y morena, pero las mujeres no lo advirtieron. Trataron de mirarla más adentro: más allá del vestido y de la piel, en la profundidad de las glándulas, tratando de disecarla como a un bicho, sin dejarle una fibra oculta, buscando descubrirle alguna recóndita, secreta, vergonzosa desnudez.
Ni siquiera sabían que se llamaba María Adela. Pero eso tampoco importaba. Podía haberse llamado de cualquier otra manera. Y hubiera sido lo mismo. Lo temible y odiado, estaba más allá más abajo del nombre.
Y lo comentaron con el cura el último domingo. Y el cura trató de apaciguarlas. Y les habló del perdón. Pero ellas siguieron disconformes. Fue cuando les habló de la justicia de Dios y del castigo que llega, irrevocable, cuando se calmaron. Pero sólo un momento: el recuerdo de la mujer siguió persiguiéndolas como una fatiga de la que no podían reponerse.
El trabajo en el cerco era cada vez más áspero e ingrato porque trataban, a la par, de vigilar las miradas y los pensamientos de sus hombres. Pero ellos estaban inmutables. Como de piedra.

Le pasaba suavemente los dedos por la piel, pero tenía los ojos lejos, como si estuviera sola y distante del hombre.
-Y después moriremos- dijo con voz también distante y una como sonrisa se le vio en los ojos. Y fue como si se le hubiera cerrado también la voz:
-Tal vez ni podamos ver todo lo vivido. Ni siquiera de lejos. Ni siquiera sentir la soledad. Nada. Ni recuerdos.
Él la abrazó y le sintió, encima de la piel, palpitándole, los abrazos de muchos otros hombres. Pero no quiso pensarlo.
-Y ya es como si estuviéramos un poco muertos. Como si tuviéramos un muy viejo amor. Viejos días en que éramos otros. Y recordáramos viejos gestos, atrás, como si tampoco nunca hubieran sido. Y como si tus manos fueran viejas conocidas de mi piel. Pero no sé si quiero volver a verte.
La casa estaba ardiendo desde muy temprano, casi desde la noche, atrás del camino, atrás de la caña, atrás de las cruces blancas y azules del cementerio.
Los hombres habían ido a ver el incendio a la madrugada pero ya entonces no pudieron acercarse por el humo y el calor. Se quedaron mirando desde lejos, largo rato. Después volvieron al cerco y no les dijeron nada a las mujeres que, a su vez, nada les preguntaron, pero que también habían visto el humo desde el amanecer. Y fue como si ellos hubieran querido hablar y preguntarles algo, o buscar la confirmación, o escucharlas decirlo y desahogarse, pero sólo las vieron mirarse.
Después supieron que la mujer había muerto también en la quemazón, junto con tres hombres que habían ido esa noche a la casa, pero tampoco lo comentaron. Se miraron solamente, como en otros tiempos. Pero ya no maldijeron.
Y esa noche se acostaron a la par de sus maridos, frías, sudorosas y duras, como hombres, con su olor agrio del trabajo, como hombres, y se durmieron satisfechas y cansadas.

Alba Omil

Extraído del libro Historias de mujeres y de hombres, de Alba Omil. Ediciones del Cardón, Tucumán, Argentina, 1961.

lunes, 14 de julio de 2008

Ejemplos amenos para lucirse con la oratoria


Comentario de Alba Omil sobre el libro Saber hablar, de Antonio Briz (Buenos Aires: Instituto Cervantes - Aguilar, 2008). Publicado en el diario La Gaceta de Tucumán, el día 13 de julio de 2008. El enlace a la nota es:


http://www.lagaceta.com.ar/vernota.asp?id_seccion=109&id_nota=280759

viernes, 20 de junio de 2008

Todo un hojaldre de significaciones


Comentario de Alba Omil sobre el libro Literatura e imaginario político, compilado por Amelia Royo y Elena Altuna (Córdoba: Alción, 2008). Publicado en el diario La Gaceta de Tucumán, el día 15 de junio de 2008. El enlace a la nota es:

domingo, 15 de junio de 2008

José Bianco. "Sombras suele vestir"


Borges ha dicho: "Como el cristal, o como el aire, el estilo de José Bianco es invisible". Quizá metaforizaba; acaso hiperbolizaba. Lo cierto es que estaba refiriéndose a un estilo sutil, inaprehensible casi. Tal vez sea aventurado tratar de investigarlo. Es tan frágil, tan etéreo, que intentar la indagación de sus secretos podría ser tenido como una violación, o podría suponer el peligro de destruir su magia. Pero no: procuraremos conservarlo intacto, preservar en todo momeno su trémula hermosura. Nuestro acercamiento ha de ser sólo un intento de interpretación para contribuir al goce de su belleza y, tal vez, para que esa belleza pueda servirnos de enseñanza.
Se trata, sin duda, de un estilo donde todo está pulido y ajustado hasta el detalle; donde cada procedimiento ha sido madurado antes de aplicarse, pero todo es tan imperceptible que ni siquiera se nota la elaboración.
El protagonismo pertenece a la historia, que nos capta y nos domina desde el comienzo hasta el final de Sombras suele vestir, ese cuento formidable, con un título estupendo, proporcionado por un poema de Góngora:

"El viento armado que en veloz carrera
sombras suele vestir, de bulto bello".

Al iniciar la lectura, el lector se encuentra como perdido porque el autor lo mete de lleno en la vida de una familia donde hay personajes cuya ubicación desconoce: dos mujeres que son apenas un nombre; una voz que no se sabe a quién pertenece, que va ocupando el centro de la narración pues a través de su memoria y de su conciencia, hace su relato un enunciador omnisciente. Sumemos a ello, un escenario más claramente esbozado que los personajes (casa de inquilinato, cuadro de miseria) y una desarticulación del tiempo que será en definitiva, el instrumento esencial del misterio, del clima de irrealidad y hasta del desenlace. Estas anacronías están ajustadas al fluir de la memoria: el autor presenta los sucesos tal como aparecen en la mente del que evoca, sin ninguna fidelidad cronológica [...]

Alba Omil

Extraído del libro La letra profunda, de Alba Omil. Ediciones del Rectorado, Universidad Nacional de Tucumán, Tucumán, Argentina, 1996.

lunes, 9 de junio de 2008

Teclas negras

A través de estos poemas, María Elisa Gallo nos sumerge en un mundo extraño; su mundo poético, con pausas, con silencios pero sin puntuación porque esa puntuación, según Apollinaire "entorpece de manera singular el vuelo de un poema, que sólo realiza su carrera alada de un solo golpe".
Esa carrera alada se ajusta a pautas musicales, no en vano el título, y como la música, nos va transportando a otro espacio, regido por la armonía, por los silencios, por un ritmo interior que maneja la batuta de la autora.
Detrás de esa música hay una reflexión existencial honda, hay desgarros del alma; hay un yo que clama y la sombra de unas manos que se extienden en busca de otras manos.
Pero también hay celebración del mundo, en una mirada joven que ha encontrado en el verso su camino y su reflejo.
Hay que leer estos poemas con los ojos y con el alma. Así podremos descubrir sus claves.

Alba Omil

Extraído del texto de contratapa del libro Teclas negras, de María Elisa Gallo. Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, Argentina, 2008.

sábado, 24 de mayo de 2008

Polémica Alberdi - Sarmiento

[...] A lo largo de la polémica es fácil distinguir dos discursos: el personal, agresivo, violento, que se circunscribe a ese ámbito; el otro, donde cada uno pasa, de demoledor personal, a constructor colectivo de la República. Alberdi, en su primera carta, habla del desierto -tema sarmientino, tema de Echeverría, tema de La Joven Argentina, de la Asociación de Mayo-, de los problemas que acarrea y de los medios para vencerlo: inmigración, caminos, industrias, instrucción popular, como lo desarrolla amplia y detalladamente en las Bases. ¿Y qué otra cosa preconiza Sarmiento con la palabra y con la acción?
Y pasan ambos de un discurso a otro sin solución de continuidad, y dicen cosas válidas y eternas que hoy tienen tanta frescura y vigencia como si en lugar de haber transcurrido 150 años estuviéramos en el corazón de los hechos.
Sarmiento, en sus cartas, se indigna, vocifera y apedrea, lo que es explicable dado su temperamento. La indignación le brota en cada frase. En cada frase grita su magistral estilo todavía inigualado en la literatura argentina. Pero su indignación no le impide seleccionar las palabras. Juega con la afectividad que ellas pueden irradiar, apela al diminutivo que siempre manejó con maestría: se refiere a los "panfletitos de Quillota".
Sabemos que no lo son, pero nos divierte el recurso porque en nuestra apercepción, y por contraste, sobredimensiona a ambos.
Todas las cartas están atravesadas por un tema relacionado no sólo con el funcionamiento del país, también con el espíritu de Mayo. La primera se ocupa de la prensa: un análisis frío, profundo y abarcador. Bajo ese amplio ramaje se guarecen también las diferencias personales y los dardos. Pero, en definitiva, eso no es más que hojarasca que cae sobre la marcha de la historia: el tiempo la convierte en abono fértil, como ocurre a veces con el estiércol y los detritus. Pero queda la savia vigorosa, mensaje vivo que puede absorberse en cualquier época.
Ni siquiera Rosas importa en esta polémica: a la distancia, se va disecando para dejar, hasta el presente, sólo el símbolo -arbitrariedad, despotismo, el peligro de la ignorancia, más que todo en los que mandan- para la reflexión y el aprendizaje.
Los conceptos de Alberdi sobre la prensa siguen vigentes. Hoy, y desde hace tiempo, se habla de un cuarto poder para nombrarla. Hay quienes prefieren decir "el primer poder" a partir del artículo 45 de la Constitución. A propósito de ese poder, Alberdi reflexionaba: "si la prensa es un poder público, la causa de la libertad se interesa en que ese poder sea contrapesado por él mismo. Toda dictadura, todo despotismo, aunque sea el de la prensa, son aciagos a la prosperidad de la República".
Alberdi, Sarmiento, dos constructores, casi un mito. Pero también dos hombres con las debilidades y flaquezas de la mente y de la carne humanas. Bueno es conocerlos en los dos aspectos. Para y por ello, la importancia de esta Polémica.

Alba Omil

Extraído de la introducción al libro Alberdi - Sarmiento. Polémica, (Cartas quillotanas y Las ciento y una). Ediciones del Rectorado, Universidad Nacional de Tucumán, Argentina, 2003.

domingo, 18 de mayo de 2008

Escritos reunidos de un gran pintor



Comentario de Alba Omil sobre el libro Dejen en paz a la Gioconda, con ilustraciones y textos de Alfredo Hlito, compilados por Rodolfo Alonso (Buenos Aires: Infinito, 2008). Publicado en el diario La Gaceta de Tucumán, el día 18 de mayo de 2008. El enlace a la nota es:

viernes, 9 de mayo de 2008

Antes de la llegada del español


"Es tan poco lo que nos han dejado, en citas y apuntes breves y dispersos, los cronistas católicos sobre los dioses y supersticiones de Calchaquí, que es necesario, para rehacer la mitología de la montaña, acudir al folklore -la tradición viviente en boca del pueblo- medio eficaz de las investigaciones", señala Adán Quiroga en Folklore Calchaquí.
Ha sido tan grande, tan fuerte, tan avasalladora y tan feroz la presión espiritual del conquistador español, que es como si a través de él hubiera caído un espeso aluvión de lodo sobre toda la cultura anterior: no quedan sino vestigios. Sobre esos fragmentos sueltos y aislados trataremos de trabajar: establecer nexos, comparaciones, soldaduras, para recuperar algo, como ya lo hicieron los investigadores precedentes.
Los rastros más abundantes -ceramios, petroglifos, objetos trabajados en piedra- dicen lo suyo; ese mensaje cifrado en los símbolos, a veces hermético, puede estar ligado con cierto fragmento de relato o de creencia y así, quizás, pueda recomponerse en parte la partitura.
Hay que aguzar el oído, pues, para escuchar los susurros de esas voces ya aplastadas por el tiempo, por la violencia, por el sometimiento, el posterior abandono y la constante falta de respeto. Algo percibiremos, bastante, tal vez. Los que sigan continuarán la empresa [...]

Alba Omil

Extraído del libro Lo demoníaco en los mitos del Noroeste Argentino, de Alba Omil. Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, Argentina, 2002.

sábado, 26 de abril de 2008

Síganme


-Síganme -les dijo-. Yo sé dónde se esconde la llave de la felicidad; tenemos que buscarla.
Los hombres lo siguieron, grandes los ojos de expectativas: no más miseria, no más rigores; pan y trabajo. Pan y trabajo.
Cayeron muchos en la larga peregrinación. Le ponían el hombro al desconocido, apoyaban su paso, confiados en su palabra.
Llegaron al medio del desierto, hasta las murallas que protegían el oasis, el palacio, los jardines, las casas de los cortesanos.
Entró el conductor. Entraron sus secuaces. El pueblo quedó afuera.

Alba Omil

Extraído del libro Con Fondo de Jazz, microrrelatos, de Alba Omil. Ediciones del Rectorado, Universidad Nacional de Tucumán, Tucumán, Argentina, 1998.

martes, 8 de abril de 2008

Gestos naturales del hombre en el tiempo (*)


Este libro es el enfoque de un aspecto -mínimo pero fundamental- de la historia de cultura del hombre y la relación con su cuerpo, desde que descendió de los árboles para pararse y sostenerse sobre sus pies, hasta nuestra época, con los más sofisticados aparatos para el desarrollo físico.
Esto es una mirada veloz sobre los cambios que fue experimentando el cuerpo humano, obligado por las circunstancias; sus nuevas funciones: sostenerse y desplazarse, continuar trepando.
Por estas nuevas funciones y sus exigencias se van modificando huesos, articulaciones y músculos (Nieva explica cómo y por qué); el contexto motiva la aparición, o el perfeccionamiento de ciertas actividades: la lucha (tanto para el ataque como para la defensa, como para la supervivencia en general), la caza, la comunicación, la fuga, el traslado o la migración. «La marcha, la carrera, el salto, dice Nieva, son las primeras manifestaciones de las formas vitales más importantes del movimiento corporal» y promueven transformaciones en el cuerpo y el desarrollo de capacidades imprescindibles.
Se puede rastrear el origen y la evolución de cada una de las máquinas deportivas, educativas del cuerpo, pero llegar al momento en que el hombre comenzó a moverse sistemáticamente, a preparar, a adiestrar su cuerpo al servicio de las necesidades tanto individuales como comunitarias, ya es mucho más difícil.
Este trabajo implica la mirada, aunque sea de soslayo, de diferentes aspectos del desarrollo físico-cultural del hombre. Implica, a la vez, una serie de dificultades: la diferencia de culturas, los factores físicos donde se inscriben, la diversidad de climas, la estructura social, las manifestaciones artísticas y sus motivaciones, los rastros que testimonian su desarrollo.
Ya entrados en el territorio de los rastros, la sistematización se hace menos complicada pero no menos rigurosa. El rastreo de los testimonios que hace el profesor Nieva pone de manifiesto una tarea de mucho tiempo y de múltiples indagaciones en la historia cultural del hombre.
El estudio de los gestos naturales del hombre y de los usos del cuerpo, abre un amplio campo de posibilidades, una de cuyas puertas deja abierta este libro.

Alba Omil

Extraído de las palabras preliminares del libro Gestos naturales del hombre en el tiempo, de Felipe Jesús Nieva. Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, Argentina, 2008.

(*) Este blog quiere rendir homenaje a la memoria del profesor Nieva, recientemente fallecido.

martes, 25 de marzo de 2008

Cantar es saludable



La cigarra llenó de frutos maduros la bolsa del verano y se echó a dormir, arrullada por su propio canto, mientras la hormiga continuaba arrastrando infames sudores, con su carga al hombro.
Durmió todo el invierno la cigarra, mientras las hormigas -las sobrevientes de venenos, pisotones y fatigas- se comían sus propios esfuerzos.
Al retornar el verano, el mundo volvió a inundarse con los cantos de la cigarra, interesada más por el claro azul del día, que por los húmedos agujeros de la tierra.

Alba Omil

Extraído del libro Con Fondo de Jazz, microrrelatos, de Alba Omil. Ediciones del Rectorado, Universidad Nacional de Tucumán, Tucumán, Argentina, 1998.

viernes, 14 de marzo de 2008

En pocas palabras

María Eugenia Godoy

Esta colección de María Eugenia Godoy respeta una premisa indispensable del microrrelato, narrar. Aunque sean construcciones brevísimas, siempre en ellas hay un fondo narrativo. Y esto es importante.
Es variada la temática, muchos relatos pertenecen al ámbito de las ensoñaciones, muy rico en la autora. Otros se inscriben en nuestra estremecedora realidad sin tiempo, perenne en el dolor, negada al olvido, con símbolos, como los autos verdes y el rastro cruel que dejaron y que cualquier argentino puede descodificar.
Este volumen ratifica algo que ya muchos críticos sabíamos: María Eugenia Godoy es uno de los referentes más destacados de la nueva generación de narradores en nuestro medio.

Alba Omil

Extraído de la contratapa del libro En pocas palabras de María Eugenia Godoy. Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, Argentina, 2008.

martes, 4 de marzo de 2008

Miguel Lillo - Su figura


No necesitó el título universitario, aunque después haya recibido un doctorado Honoris causa.
Bebió en los libros; lo orientaron científicos de primer nivel. El resto lo hicieron su vocación, su pasión por la naturaleza, su espíritu inquieto, su sed de conocimientos.
Su austeridad y su vocación le permitieron integrar una de las más importantes colecciones de Historia Natural de América Latina, patrones internacionales de comparación, que se usan en todo el mundo. Lillo no era hombre de sólidos recursos económicos; la humildad de la casa en que vivía, así lo testimonia. Su lujo lo constituían su biblioteca y sus colecciones.
Sobre su vida, el mismo Lillo ha dejado, en una reseña, un somero cuadro. El resto puede recomponerse con documentos, artículos periodísticos, libros y con expresiones, anécdotas, recuerdos (sólidos, vividos, sentidos) del conjunto de aquellos que lo conocieron.
Lillo era un investigador, un coleccionista y un solitario. Su casa, en la calle que hoy lleva su nombre, estaba convertida en museo y jardín botánico ya en vida del sabio: libros, colecciones, documentos, plantas que llenaban su vida .Cosas que Lillo había coleccionado y ordenado, más que para sí , con visión de futuro, para la humanidad, para la ciencia, para su país.
Miembro de la brillante generación del Centenario, partícipe de sus ideales, de fuerte individualidad, imbuido del espíritu generacional, Lillo iba dejando atrás sus años jóvenes, estaba enfermo y le preocupaba el destino de su obra. Muere el 4 de mayo de 1931, legando sus bienes a la Fundación que lleva su nombre. Pero no solo fueron sus bienes lo que el sabio donó a la posteridad, dejó también otros valores, que no se miden con parámetros materiales: ideas, muchas veces adelantadas a su espacio y tiempo.
El predio se conserva con sus frondas, su respeto por la naturaleza que, de algún modo, representa lo perdurable; y las ruinas de lo que otrora fue una modesta edificación. Hoy lo perdurable se mantiene como él lo dejó, al igual que se mantienen los principios espirituales que de algún modo ello simboliza. Lo otro, ha crecido y hoy alberga a numerosos investigadores y técnicos, también edificios, museo, laboratorios, libros, publicaciones, que son el valor agregado de aquello que el sabio legara.

Alba Omil

Extraído del libro Fundación Miguel Lillo - Historia. Textos: Alba Omil. Fundación Miguel Lillo, Tucumán, Argentina, 1993.

miércoles, 27 de febrero de 2008

La metamorfosis


Ligadas a la historia de la humanidad, las metamorfosis aparecen en todos los tiempos, y nuestros aborígenes no podían haber sido ajenos a este hecho, cuyo conocimiento parece ser común al género humano, y atributo de los dioses.
Ya hemos visto, y son conocidas las transformaciones de la Pachamama. Tampoco es extraño a ellas el Llastay que, de pronto, puede ser guanaco, como cóndor, como corzuela, como chinchillón. También suele, o puede, metamorfosearse, el Chiqui.
Adán Quiroga (1900) sostiene una hipótesis interesante a propósito de las metamorfosis del Chiqui, puede ver la figura de la deidad maligna transformada en suri, en algunas urnas del valle de Santa María, que reproduce en su trabajo:
"El suri [...] tiene mucho que hacer con el Chiqui, ya sea porque la misma deidad funesta se vuelva avestruz para vagar por el desierto..."
Y respalda Quiroga su teoría con el hecho de que en las fiestas en honor del Chiqui, cuando se le ofrecen las cabezas de aves del Llastay, la única que falta es la del suri, "excluyéndola del sacrificio, como si fuese motivo de veneración especial y no debe ser sino porque el Chiqui se transforma en suri" (p.555).
Quiroga insiste: "El hecho mismo de mostrarse el suri en la misma urna que Chiqui, es un dato revelador".

Alba Omil

Extraído del libro Creencias y ritos de los aborígenes del NOA, de Alba Omil. Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, Argentina, 2005.

martes, 19 de febrero de 2008

Desocupación, hambre, miseria


Poncio, sumo sacerdote romano, se lavó las manos y la turba frenética crucificó al ungido.
Como una permanente refutación del fluir temporal, el mundo prosigue crucificando inocentes, y un Pilatos redivivo, multiplicado por sí mismo, insiste en lavarse las manos.

Alba Omil


Extraído del libro Con Fondo de Jazz, microrrelatos, de Alba Omil. Ediciones del Rectorado, Universidad Nacional de Tucumán, Tucumán, Argentina, 1998.

lunes, 11 de febrero de 2008

Italianos en Tucumán - Historias de vida


Desde los albores de nuestra nacionalidad se advierte la influencia tanto del pensamiento italiano como de la cultura y de la filosofía política italianas en las grandes figuras de nuestra historia: Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi, por ejemplo.
Por otra parte, viajeros italianos comenzaron a llegar desde muy temprano a nuestro país.
El ingreso creció luego a causa de la guerra. Las motivaciones son conocidas: peligro de muerte, pérdida de bienes, exclusión, inseguridad, pobreza, miseria. Un factor importante fue la persecución racial: el régimen fascista, aliado de Hitler dictó decretos y leyes segregacionistas, discriminatorios, persecutorios, pero, por conocido, no vamos a entrar en el tema.
Nos interesa otra cosa: destacar el espíritu de ese pueblo, cómo sobrellevando pesares, abandono de su tierra, de sus amigos, de su casa, de sus muertos, supo empezar de cero, demostrar lo que sabía y de lo que era capaz, dar ejemplo de constancia y de aplicación al trabajo, crecer y hacerse grande.
Tres rasgos en especial pusieron de manifiesto los italianos llegados a nuestras tierras desde comienzos del siglo XIX: dedicación al trabajo, deseos de prosperar y vocación por el arte.
Los testimonios abundan; veamos uno que, por elocuente, basta: Picardía, en el Canto XXII del Martín Fierro (188) cuenta cómo, con engaños, se quedó con toda la mercadería de "Un nápoles mercachifle / que andaba con un arpista". Es decir, vemos al "gringo", solo, en esa inmensa pampa casi despoblada, trabajando como vendedor ambulante, buscando compradores en los lugares de reunión, pero junto a un músico. Para atraer la clientela, seguro, pero también para amenizar la jornada o para alegrar su alma.
En el presente trabajo hemos reunido una serie de historias de vida, donde se ponen de manifiesto los rasgos señalados.
Algunos llegaron muy alto, muchos empezaron desde muy abajo; otros, no, pero en todos se destaca el impulso por trabajar, por crecer, la identificación con el país que los acogió; su perseverancia y, finalmente, el orgullo por pasadas conductas que sienten los herederos de aquellos emigrantes que hoy cuentan amenas y, a veces, conmovedoras historias.
Para todos ellos, nuestra gratitud.

Alba Omil

Extraído del libro Italianos en Tucumán - Historias de vida, de Alba Omil (compiladora). Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, Argentina, 2008.

jueves, 24 de enero de 2008

Seis poetas de Tucumán


Estas seis poetas de Tucumán han sido ya, de alguna manera u otra, con mayor o menor cantidad y trascendencia de su obra, dadas a conocer al público y la crítica en Tucumán.
La singularidad de su estilo, la búsqueda en todas ellas de la armonía, de la perfección en cada palabra, en el universo que es cada poema, nos ha motivado para publicar la presente selección. Encontramos, entre los poetas, vivencias que nos tocan muy de cerca: disfrutar de lo cotidiano, celebrar las minucias de la vida o descender hasta la profundidad de las honduras: el misterio del tiempo, las simetrías, o los espejismos que remarcan o simulan un retorno, el hombre perdido en el cosmos, el uno, el amor, en fin.
Nos proponemos, con este libro, agregar a la biblioteca de cada lector un ejemplar que refleje las inquietudes íntimas, cotidianas, quizás de todos nosotros, vistas con la sensibilidad de las que con la palabra escrita pueden transmitirlas y hacer posible su conservación a través de los tiempos.

Alba Omil

Extraído de la introducción al libro Seis poetas de Tucumán, con poemas de las autoras Lucía Aráoz, Carola Briones, Ariadna Chaves, María Elvira Juárez, Juana Sadir de Asfoura y Josefina Valderrama de Robinson. Secretaría de Post-Grado, Universidad Nacional de Tucumán, Argentina, 1992.

domingo, 6 de enero de 2008

Palabras con espacio


Hoy me puse a escribir como todos los días, como toda la vida, un cuento, un poema, no interesa, pero con suficiente espacio interior como para que en él cupieran todos los desgarramientos del alma, los colores del ocaso y de los ensueños, las desvaídas esperanzas, el chispazo de un encuentro feliz.
¿Para qué? Sólo para que la muerte no tenga la última palabra.

Alba Omil

Extraído del libro Con Fondo de Jazz, microrrelatos, de Alba Omil. Ediciones del Rectorado, Universidad Nacional de Tucumán, Tucumán, Argentina, 1998.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Muerte y transfiguración de Martín Fierro


[...] Los problemas políticos y socio-económicos nacionales que están en la base del Martín Fierro, que son la causa de los males del héroe y de su raza, aludidos tangencialmente por Hernández, aparecen en toda su descarnada desnudez en Muerte y Transfiguración... Equivocada, o no, la interpretación de Martínez Estrada se destaca por su vigor, su llaneza, su falta de eufemismos: "Tierra y ganados, mostrencas y cimarrones, pertenecían de hecho al indio. Las campañas llevadas contra él no fueron empresas de civilización sino grandes especulaciones para fundar y consolidar un sistema agropecuario que enriqueciera a un amplio grupo de familias, creando así lo que se ha llamado la aristocracia feudal, dueña de la tierra". Y es esta perspectiva, son estas aclaraciones las que clarifican, a su vez, muchas de las sextinas de Hernández, como la que sigue:

"Hablaban de hacerse ricos
con campos de la frontera;
de sacarla más afuera
donde había campos baldidos
y llevar de los partidos
gente que la defendiera". (2107/12, I)

Estas palabras del Poema se explicitan en las páginas de Martínez Estrada: "la frontera no era una franja de tierra; era una zona movediza que, según los eventos de la contienda, se replegaba o distendía".
Su enfoque es completo: la figura dentro del texto y el texto dentro de un contexto geográfico-socio-político que compromete la historia nacional y va en busca de la raíz de los males. De esta manera, Martínez Estrada va mucho más allá del Poema, a un antes y a un después: "Y como advirtió Sarmiento, mantuvieron su autoridad por la fuerza, quedando en pie la estructura que, después de Martín Fierro, ¿quién denunció?". [...]
Alba Omil

Extraído del libro Cuatro versiones del Martín Fierro, de Alba Omil. Secretaría de Post-Grado, Universidad Nacional de Tucumán, Argentina, 1993.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Historia sobre el desaforado deseo de comer


Artículo de Alba Omil publicado en la sección literaria del diario La Gaceta del día domingo 11 de noviembre de 2007, sobre el libro El peso de la tentación, de Ana María Shua.
El link a la nota es:

http://www.lagaceta.com.ar/vernota.asp?id_seccion=109&id_nota=244134

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Perfiles Médicos

A lo largo de la historia médica de nuestra provincia, ha pasado una serie de figuras prominentes. Tratar de enumerarlas sería una tarea tan riesgosa como vana: siempre conllevaría el riesgo de injustas omisiones y, por otra parte, no podría encuadrarlas en un solo volumen. Es nuestro propósito publicar una serie de tomos con estos perfiles.
Los trabajos que integran el presente libro trazan no sólo las figuras de destacados profesionales de diversas generaciones y de toda la provincia (espacio, tiempo, personas). Trazan también un cuadro de época, con motivos y detalles que van coloreando un panorama social y cultural con su fisonomía, sus usos y costumbres.
No son, estos, trabajos autónomos: de algún modo conforman un tejido rico y complejo, un ámbito y una amplia época. Si se los ve con cuidado podrá advertirse que cada uno es parte de una totalidad: en diversos trabajos hay nombres que reaparecen e integran el conjunto, cosa singular y no buscada sino generada por la índole del libro. Esos nombres, esas figuras que van surgiendo sobre la marcha, anexas al protagonista, son conectores semánticos, nudos que van uniendo una trama donde lo personal emerge pero donde subyace algo más hondo y más conmovedor: una ética, una conducta humana, un ejemplo no buscado pero que deviene en modelo a imitar.
La conducta, la austeridad, la generosidad, la entrega, la rectitud de los profesionales aquí reunidos, constituyen la urdimbre de un rico tejido que los diversos autores han ido elaborando con respeto e idoneidad.
No a todos los que aquí aparecen se los llevó la muerte. No es necesario –es injusto– esperar que alguien se vaya sin retorno para recordar su vida y sus merecimientos.
Hay otro aspecto generalizado que con esta –y otras publicaciones– queremos reparar: la omisión, el olvido del interior de la provincia. Aquí están todos, y el interior ocupando su merecido espacio en nuestras publicaciones.
Integra este libro un índice onomástico porque no sólo los biografiados perfilan una época: muchas otras figuras los acompañaron, no a su sombra, a su lado y forman parte del cuadro total. Tal vez en futuros tomos aparezcan con el protagonismo que merecen.

Alba Omil
Extraído del prólogo del libro Perfiles Médicos, de varios autores. Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, Argentina, 2007. Este libro trata sobre la vida y obra de Ponciano Alonso, Enrique José Canal Feijóo, Alberto Caniparoli, Conrado Canzonieri, Américo Defilippi, Luis María de la Fuente, Federico Hlawaczek, Manuel López Pondal, Nicolás Maisano, Rafael Maldonado, Raúl Rolando Raya, Cecilio Romaña, Ángel Manuel Usandivaras y Francisco Maximiliano Weisz.

jueves, 8 de noviembre de 2007

En la raíz de algunas creencias, vive el mito


Artículo publicado en el suplemento "Actualidad" del diario La Gaceta, de Tucumán, el día domingo 4 de noviembre de 2007. El link a la nota es:


jueves, 1 de noviembre de 2007

Lugares y tiempos sagrados en las culturas andinas del NOA

Foto: Laguna del Tesoro, Tucumán.

Conocer el pasado de nuestra América, los niveles que alcanzaron las culturas precolombinas, puede llegar a ser una experiencia estremecedora. Esas ruinas hablan, trasmiten mensajes y, a todos aquellos que tengan sensibilidad, les contagian sensaciones muy profundas en las que se combinan la admiración, el respeto, el dolor y muchos otros matices tal vez intransferibles..
Este es un libro de acercamiento a esas culturas, escrito por alguien que ha vivido las sensaciones antedichas y que tiene toda la autoridad del que habla de temas que ha trabajado mucho, y que domina, ama y respeta.
Orlando Bravo es un conocido estudioso de las grandes culturas andinas. Doctor en Física, ha combinado sus competencias en este territorio, con una larga experiencia de andinista (que le permitió observar in situ los hechos durante muchos años), y con su sólido conocimiento del cuadro general de las culturas mencionadas.
Rastreó, midió, calculó, comparó, analizó, sacó fotografías, trazó laboriosos gráfícos, para luego brindarnos el testimonio difícilmente refutable de las cifras: aquel que aportan las matemáticas y la física.
El presente trabajo delimita su territorio en el noroeste argentino, siempre con referencia a los grandes centros culturales precolombinos, y se convierte en valioso aporte al corpus que constituyen los estudios sobre Machu Picchu y Tiwanaku, ruinas medulosamente conocidas por el Dr. Bravo, y que no infrecuentemente le sirven de referencia.
Estas ruinas aborígenes, por lo general situadas a gran altura (a veces superior a los 4000 msnm) nos hablan de lugares donde la nieve reina, el frío se enseñorea sobre todo lo viviente y los inviernos son crueles. Pero donde también brilla el sol, intenso y ardiente, en cielos tan azules, tan límpidos, y madura los frutos, y a lo largo de su curso va sembrando y manteniendo la vida. Estas razones serían un factor quecontribuiría a abonar los cultos solares
Los nativos, pues, debian seguir el curso del sol para "acomodar" los labrantíos, las siembras, el riego, las terrazas, los canales, la recolección de frutos, para determinar y calcular las pariciones, para reglar las actividades cotidianas, para organizar la vida tanto económica como doméstica, para prevenir situaciones, es decir, para organizar el futuro.
Nuestros nativos, como los de Tiwanaku, como los del Cuzco, como los Aztecas y los Mayas, tuvieron sus cultos solares, pero debajo de ellos, y sosteniéndolos, estuvieron sus avanzados conocimientos astronómicos: seguir el curso del sol a lo largo de los días, y quizás, reglar las ceremonias para que no se alejara para siempre, para que retornase en el tiempo calculado (la religión y la ciencia en una unión indisoluble); marcaron con precisión matemática los solsticios y los equinoccios, época de las grandes celebraciones solares en las que ataban al sol para que no se fuera, abandonándolos. A través de sus construcciones en piedra, de sus ventanucos ad hoc, de menhires, de bajorrelieves en la roca, podían seguir el curso del sol a lo largo del año. Así construyeron sus calendarios pétreos. En base a ellos organizaban sus vidas y la vida de la comunidad.

El presente texto aporta gráficos rigurosos y abundante material fotográfico, con los que Orlando Bravo refrenda su teoría. Además se apoya en el sistema de estudios comparados: estudia la Kalasasaya de Tiwanaku y luego la de Queneto, en Perú. Dentro de ese campo incribe a La Ciudacita (ubicada en las nevados del Aconquija, concretamente en la bajada del Morro de las Ruinas, a 4030 msnm, ruinas que él conoce mejor que nadie, que visita desde hace más de 40 años), los menhires de Tafí del Valle, Tiu cañada y los petroglifos de Ovejería (San Pedro de Colalao): la huaca de Ovejería con su famosa "Piedra pintada", mal llamada así, y otros petroglifos.
Leer al Dr. Bravo es empaparse de su saber, trasmitido en lenguaje asequible, no obstante la aridez que circunstancialmente puede presentar el tema, sobre todo para aquellos que no transitan con facilidad por el mundo de los números y de la física.
Nos enteramos así, de cómo los nativos armaron sus calendarios, y todo su proceso, con el respectivo análisis físico-astronómico-matemático que sostiene y avala la teoría. En cuanto a las correcciones calendáricas, O.B. recurre a un respetable cálculo de probabilidades.
La presente publicación de la Universidad Nacional de Tucumán tiene un doble valor: por un lado, el que le es específico, esto es la seriedad y minuciosidad científicas con que un especialista de indiscutida autoridad y reconocida trayectoria, encara el tema propuesto. Por otro, la incorporación del Noroeste argentino al campo científico y de investigación, con lo que los estudiosos tendrán un importante aporte que les ha de permitir no sólo ampliar la perspectiva en sus estudios sino también el trabajo en bloque sobre estos centros astronómicos y religiosos de Hispanoamérica, que tienen tantos elementos comunes entre sí.

Alba Omil

Extraído del prólogo del libro Lugares y tiempos sagrados en las culturas andinas del NOA, de Orlando Bravo. Ediciones del Rectorado, Universidad Nacional de Tucumán, Tucumán, Argentina, 2002.

martes, 30 de octubre de 2007

La historia de una obsesión

Comentario de Alba Omil sobre el libro Mucho amor en inglés, de Susana Silvestre, publicado en la sección literaria del diario La Gaceta, de Tucumán, Argentina, el día 10 de abril de 1994.

El link a la nota es:

http://susanasilvestre.com.ar/libros/mucho_amor_ingles/la_gaceta.html

jueves, 11 de octubre de 2007

Igualito a la Victoria de Samotracia

La ola de calor llegó a fines de marzo junto con el otoño, y nos tenía enfermos a todos: treinta y dos grados, siete décimos, a las once de la noche, aquí al pie del cerro, era como para enloquecer a más de uno. Y no te digo nada de lo que ocurría en el centro porque ahí la cosa estaba mucho más espesa, con insolados, deshidratados y otras hierbas de las que mejor no hablo porque empieza a invadirme la sofocación. Pero aquí arriba no estábamos mejor: cinco grados menos, es verdad, pero la balanza se nivelaba con el peso de los mosquitos: caían como piedras encima de uno, a hacerle, directamente, una transfusión, sin que valieran repelentes, espirales ni insecticidas. Yo era, virtualmente, una piltrafa: una bolsa de papas desparramada en la cama, con la presión arterial en el suelo, con un estado de ánimo en el mismo sitio, haciéndole compañía; distante a kilómetros del sueño y en lucha desigual con la sofocación, con el calor, en fin.
"Tras que éramos pocos, parió la abuela", me dije con furia cuando vi el resplandor en la galería de adelante. No hay nada que me fastidie más, que me desvele más que la luz. Con seguridad venía de la casa del lado; teóricamente así tenía que ser, pero esa casa estaba desalquilada hacía mucho tiempo. Tampoco se oía ningún ruido; a lo mejor se trataba de alguna pareja que había pagado el alquiler por horas; como el ruso Popoff es un delincuente y se las sabe todas, era capaz de eso y mucho más; ya lo había hecho muchas veces. Pero yo no había oído detenerse ningún auto, de manera que me levanté, con esfuerzo, descalzo y casi en cueros fui a mirar por la ventana pero sólo vi el resplandor amarillo -algo más intenso- procedente de la derecha. Y pensándolo mejor, al ruso le habían retirado el medidor por razones obvias hacía como dos meses así que estaba sin luz. Podía ser un farol, claro, pero ¿de quién?, ¿por qué?, y si abría, la doble cerradura iba a hacer un ruido de la gran siete. ¡Y bueno! Al fin de cuentas qué me importaba: yo estaba en mi casa y era dueño de salir a la galería a la hora que me diese la gana. Salí. La luz no provenía de la casa vecina. Estaba allí, en mi casa, a unos siete metros de mi nariz, en el extremo de mi propia galería, entre el ciprés y el pilar, pegada a la cerca de alambre que oficia de medianera. No veía su origen. No alcanzaba ni a explicármelo. En ese instante pensé mil cosas; mil fragmentos de ideas me pasaron por la mente sin acabar de concretarse cuando ya eran desechados por imposibles: podía proceder de un platillo volador... ¡pero! ¿de qué plato volador me estás hablando, estúpido? El cementerio no estaba lejos y en una de esas... ¡Avisá, che, por favor!... ¿Un ectoplasma? ¡Ja, ja! Sí, claro que parecía un ectoplasma. ¿Y cuándo viste un ectoplasma, para estar tan seguro? Un día de estos te encierran si empezás con esas teorías. En realidad no tenía forma. Bueno... sí y no. No tenía forma definida. No tenía cuerpo, mejor dicho, porque forma sí, era como una escultura difusa, sin rasgos claros, algo así como el negativo movido de la Victoria de Samotracia, ¡eso es! Tenía cierto aire a la Victoria, pero sin corporeidad, pura luz. A lo mejor se trataba del reflejo de un faro, subiría al techo para verificarlo. La cosa, bueno la luz se desplazó lentamente: al parecer estaba vigilando mis movimientos y ahora, según yo lo intuía, debía de encontrarse de perfil. ¿Estaría mirándome? (Recién me entero de que el reflejo de un camión estacionado a cincuenta, o a cien metros tiene mirada. ¡Pero qué cosa!). Y bueno, pero ¿dónde está ese camión que no lo veo? No había ninguna luz alrededor, salvo los faroles mortecinos de la calle. El calor, la insolación, la fiebre, provocan alucinaciones. Mejor me pondría el termómetro. Aquello se desplazó otra vez y tuve la impresión -la sospecha- de que estaba divirtiéndose a mis expensas. ¿Habría una figura humana debajo de esa luz? ¡Pero qué iba a haber! Saltaba a la vista que no: todo era transparente, una acumulación de puntos luminosos y nada más. En ese momento chilló, chistó con estridencia la lechuza sobre mi cabeza. ¡Bah!, la lechuza chistaba toditas las noches, por algo tenía un nido en el baldío de atrás. ¿Sería un alma en pena? Dicen que se presentan como formas vagas y luminosas; al menos, así lo aseguraba mi abuela y no era ninguna tarada (¡alma en pena! ¡Se precisa ser...!) Y bueno, estaba ahí. Sin embargo yo no sentía miedo, al contrario, me invadía una sensación extraña, como de laissez faire (el calor, tal vez), como de abarcar el mundo con mis brazos, de no desear ya nada, como cuando contemplaba en el Louvre la Victoria de Samotracia, allá en su altura, bella, exclusiva, dominante; o como cuando entré por primera vez en la humildísima capillita de un pueblo de montaña cerca de La Quiaca; o como cuando, en estado de crisis mística, asistía a misa en el oratorio de mi abuela, allá en la estancia, en mis lejanos catorce años. ¿Iría a quedarse allí toda la noche? ¿Tendría que quedarme yo también inmóvil en espera de que aquella "cosa" tomara una iniciativa? -¡Oiga! Diga -comencé a decirle pero ahí nomás me hizo cerrar la boca el sentido del ridículo y no pasé de esas palabras.
Me senté en el sillón, no a esperar, a gozar de esa luz que, de alguna manera, me chorreaba por dentro. Un poco más y terminaba por invadirme el sopor, me adormecía y me despertaba después en México o en Marte. Estos visitantes del espacio y sus procedimientos subliminales... Pero quién te dijo... Felizmente empezó a correr un poco de aire fresco y los mosquitos desaparecieron como por ensalmo.
Me despertaron los timbrazos del jardinero, a las siete de la mañana. Sentía la musculatura del cuello dolorida, rígida, y una sensación de hormigueo en todo el cuerpo. Entumecido, esa era la palabra. Entumido, decía mi abuela en esos casos. De la luz, ni rastros. ¡Claro! Pleno día: aunque hubiera estado ahí, a mi lado en el sillón, qué iba a verla. Dicen, lo he leído por ahí, que los extraterrestres traen sus hembras y hacen cruza con nosotros, los terráqueos, para lograr una raza que se adapte a este planeta. La racionalización empezó a subir como la marea en mi cabeza, pero, siempre había un pero de por medio.
Almorcé temprano y frugalmente. Tal vez una buena siesta, la oscuridad, el silencio de mi habitación lograran sedarme. Me duché (no hay que bañarse a deshora porque se hace el cuajo, decía mi abuela, y tal vez tenía razón) y me tendí, otra vez, con la sensación de estar convertido en una bolsa de papas. Empezaba a dormitar cuando alguien me llamó. Estoy seguro, segurísimo. No percibí ninguna voz, es cierto, pero percibí el llamado. Me incorporé: ahí estaba la luz, instalada en mi propio cuarto, aunque ahora mucho más difusa. Me tapé la cabeza con la almohada. Me levanté, encendí la luz; volví a acostarme; me levanté, intenté tocar aquello (atrapar el aire con las manos), abrí la ventana y vi que había entrado el jardinero. Lo llamé:
-Digamé, don Andrés ¿qué ve aquí dentro?
-La verdad, señor, no veo nada, está todo oscuro. A lo mejor si prende la luz.
Después de este episodio la cosa aquella se adueñó de mi casa: andaba como flotando. ¡Claro, impunemente! Se convirtió en una obsesión; después en una compañía. Hasta me acostumbré a hablarle ¡por supuesto, como si hablara conmigo, o con mi sombra! Pero no, no era igual, porque tenía la sensación de que aquello me escuchaba (igual que cuando vivía mi mujer y la casa estaba llena con su presencia, no como ahora que me sobra por todas partes), de que de algún modo me respondía.
Cuando empecé a sospechar la verdad y me di cuenta de todo, resolví poner candado al cerco de mi boca, no fuera que por ahí alguno sugiriese la idea de encerrarme... Y, realmente, era una cosa de locos. Empecé a leer libros de medicina sicosomática (cierto es que la muerte de Analía me dejó descolocado; cierto es que durante semanas continué sintiéndola a mi lado como si estuviese viva; es cierto que, llegado un momento, perdí el sentido de la realidad); después me interesé en todo lo referente a trastornos de la personalidad y siempre el luminoso se colocaba a mi derecha, como si leyera por encima de mi hombro (¡qué cosa que me hace hervir la sangre!= y yo tenía la sensación de que se estaba riendo. Una vez, mientras leía Eysenck, pasé por alto un capítulo relativo a las neurosis que no me interesaba ¿y qué no va el otro, con toda alevosía y me da vuelta las páginas salteadas?
-¡Pero che! -le dije furioso y le di un manotón que él esquivó con elegancia.
No me contestó. Claro, qué iba a contestarme.
Otro día encontré el tomo de Rof Carvallo sobre mi mesa de luz, abierto en el capítulo sobre alucinaciones. Lo miré furioso. No, al libro no, al fluorescente.
-Pero, ¿vos qué te pensás?
Nuevamente la sensación de que se estaba riendo, riendo de mí (y también la sensación de que Analía me miraba desde lejos, que no estaba solo).
-Y, ya que te gusta, seguí dándote manija, ahí tenés un material abundante y al alcance de la mano -no, no me contestó, se me ocurrió a mí que me contestaba y también que me decía "dejate de macanear y salgamos, mejor, al jardín que la luz de otoño, a estas horas, es como un milagro que toca todas las cosas". Yo le hice caso y salimos. ¡Qué estremecedora, qué límpida era la transparencia del aire!, qué virginal el olor de la tierra, de las hojas. El limonero parecía un incensario. Yo creía soñar o, realmente, soñaba.
Mi hermana menor, que me visita con frecuencia, sobre todo desde que perdí a Analía, ha advertido algún cambio en mí:

-Pasás mucho tiempo encerrado en esta casa, Marcelo.
-...
-Sí, como te estoy diciendo.
-...
-Sí, y eso no es saludable.
-...
-Ya no sales, como antes; ni al cine vas.
-...
-Bueno, pero no siempre los filmes son malos. Pero tampoco juegas con mis chicos ¿que te molestan?

Matías es un ángel de dos años, con la cabeza cubierta de rulos luminosos. Es mi gloria; sus conversaciones le ponen almíbar a mi vida: me explica, en tres cuartos de lengua, que el niñito Dios, hijo de la Vingen Maía, le ha hecho los rulitos con un compás que San José, campintero, le ha fabricado con palitos del jardín. Matías me acompaña, ahora con más asiduidad, desde que mi hermana ha empezado a darse cuenta del problema de mi soledad. Lo hace dormir y lo deja a que pase la siesta conmigo; a la noche lo retira. Al principio, en cuanto llegaba Matías, el otro, el luminoso, se hacía repeluz pero ahora parece que ha empezado a tomarle confianza aunque observo que sigue escondiéndosele como si temiese que lo vea. Ha vuelto a flotar por toda la casa, como antes, pero cuando el chico se despierta, él se escabulle: va a sentarse en el sillón del estudio, enciende el televisor (sí, hasta ese extremo ha llegado) o va a jugar (así al menos puede deducirse de sus actitudes) con las mariposas en el jardín; o con los picaflores, que lo vuelven loco. No sé bien qué le ocurre con Matías, a lo mejor son celos, pero es difícil, a lo mejor teme que lo vea.
Hace unos días jugábamos a la pelota en la galería de atrás, de pronto el chiquito la pateó para el jardín del ruso y ahí nomás lo veo al flotante (ocupado hasta ese momento con una bella mariposa azul) que se traslada de un bote hasta el otro lado y manda de vuelta la pelota de un envión que hasta Passarella le envidiaría.
Algo despertó a Matías ayer, bastante más temprano de lo acostumbrado (yo dormitaba y el luminoso hojeaba, con total desparpajo, a los pies de mi cama, la revista Goles que había quedado encima de la cómoda) y en eso, una luz se le encendió en la cara mientras con su índice regordete y nada limpio señalaba hacia el rincón oscuro:

-Mirá, tío, miralo al angelote de la guarda.

Alba Omil

Extraído del libro Tener ángel, de Alba Omil. Editorial Lucius, Tucumán, Argentina, 1981.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Estos animales (relatos)

Las historias de y con animales son infinitas. Desde un principio, el hombre convivió con ellos.
Muy temprano, ya en las cavernas, los fue incorporando a sus creaciones, dándoles presencia en el mundo del arte.
Muy temprano, también, aparecen en el relato oral y en la literatura, que se puebla de seres imaginarios, paralelos, o por encima de los reales. Los dragones chinos, generados vaya a saberse cuándo por el imaginario colectivo, incendiaron su época y, a partir de entonces, continúan iluminando nuestra fantasía.
En general, los libros de viajeros crean un fantástico zoofriso del ámbito medieval. Y aún antes (hacia fines del mundo antiguo), los de Alejandro Magno, en el texto del Pseudo Calístenes (s.III E.C.) que recoge la herencia greco-helenística y romana. Pero ¿qué precede a estas versiones? Un enorme caudal del imaginario zoológico, elaborado durante siglos.
Tampoco hay que olvidar a Esopo y Fedro ni a los difusores de sus fábulas en la Edad Media: Walter English y Romulo Anglico Completo.
Las crónicas de Indias, pobladas de seres tan extraños (deformados por la distancia y el deslumbramiento) que hasta parecían irreales (el quetzal, por ejemplo), son otro precedente.
Los Bestiarios medievales (algunos preciosos), donde lo real convive con lo fantasioso, mostraron un exquisito y deslumbrante abanico que sigue multiplicándose en el presente. Recuérdese el Bestiario de Tolkien.
Pero este libro que hoy presentamos no es un Bestiario, no se ajusta a sus características. Es un conjunto de relatos de y con animales, reales, imaginarios, simbólicos, míticos. Muchos de ellos se encuadran en la microficción.
Por otra parte, cabe señalar que los autores de estos trabajos no son figuras aisladas dentro de nuestra literatura del NOA, como lo fueron, por ejemplo, los de la generación del 60; unificados por intereses comunes, por lecturas comunes y por un contexto histórico-geográfico-literario que los emparentaba, pero aislados como personas.
En este caso, el grupo de autores se asemeja más a La Carpa; se conocen, se frecuentan, participan de cursos, de un concepto de literatura que privilegia el cuidado formal; han coparticipado en publicaciones colectivas. Tienen espíritu de grupo, con un criterio abierto que se extiende cada vez a mayores integrantes, un proyecto en común [...]


Alba Omil

Extraído de las palabras preliminares del libro Estos animales (relatos), de los autores Luis Rodolfo Agulló, Carlos Alfredo Alonso, Teresita Amad, David Bercovich, Ana María D'Andrea de Dingevan, Nelly Druck de Konevky, Zeev Gaalkin, María Eugenia Godoy, Carlos Isas, Elvira Juárez Aráoz, Juan Carlos Molina, Leticia Mure, Jorge Namur, Estela Porta, Regina Saez, Eduardo Santos, Emma Cristina Zamora y Honoria Zelaya de Nader. Lucio Piérola Ediciones, Tucumán, Argentina, 2007.